Hay sandeces que cunden. Y Mucho. Sin duda, una de ellas es ese invento de la “Marca España”, tan en boga.  El ministro de Exteriores, buen amigo de Rajoy, es su principal valedor. Como se dice ahora, lo pone en valor cada poco. Pero España no es una marca. Es una nación. Una nación al borde del colapso. Cerca de la quiebra financiera. Pobre, desanimada, triste. Con un paro desbocado cercano a los 6 millones de ciudadanos. Con una Justicia lenta, paquidérmica. Con un Ejecutivo que lo copa todo. Con las instituciones en el súmmum del desprestigio. De la Corona abajo, todas. Con la corrupción en un apogeo insufrible. Con una Comunidad Autónoma en proceso secesionista. Con un sistema político nada transparente. Con los dos grandes partidos de gobierno abotagardos y hasta arriba de escándalos. Y sin liderazgo político. Con unos dirigentes timoratos, egoístas, ensimismados, mal rodeados, casi autistas. Esto es España.

Los feriantes de la sandez dicen que citar como imputada a la Infanta Cristina “perjudica a la Marca España”. ¡¡Por favor!! Un respeto al personal. Lo que perjudica a España es que sus gobernantes la manejen como a una marca en rebajas morales. Lo que está hundiendo a España es el descrédito institucional. Lo que perjudica a una nación son las mentiras, y la falta de transparencia, y la  pasividad de los políticos frente a la corrupción, y su castigo leve, cuando llega, siempre tarde. Y también la genuflexión permanente de casi todos ante instituciones y representantes de las mismas que incumplían sus obligaciones esenciales. Y el achique de espacios éticos que ha degenerado en grandes estafas económicas y morales cuyos culpables, en gran parte, se van a ir de rositas.

España es una nación que necesita con urgencia líderes políticos generosos, sensatos, inteligentes y audaces que pongan patas arriba el edificio que se desmorona y sean capaces de reconstruir y regenerar, con todos los ciudadanos, desde los cimientos hasta el tejado. Hay que renovar, reformar, restaurar los tejidos social, económico, político, administrativo e intelectual de esta España que nos parte el alma. La ejemplaridad, en fin. Lo tenemos escrito, la ejemplaridad.

En una nación que se precie de serlo no caben dirigentes políticos que apelen a la impunidad frente a un principio esencial en un Estado de Derecho como es el de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.  España no es la Monarquía. España no es la Casa Real. España no es una infanta. Si las instituciones, y quienes la encarnan, requieren de adalides como algunos de los que han proliferado estos días, su futuro es oscuro.

España no es una marca. Aunque a veces parezca una marca blanca y de saldo. Dedique el Gobierno nuestro dinero y su tiempo a otros menesteres. Tienen tarea. España no es una marca, insisto. Y demos gracias cada uno a quien más le plazca. Porque si esta España fuera una marca, tendría código de barrotes más que de barras. Y no es plan, Margallo. No es plan.