Si en algo  coincidimos todos, o casi todos, es en el padecimiento de una crisis institucional, en el más amplio sentido, y con pocos precedentes. Institucional y formidable. Estaría bien releer lo bueno de la Revolución Francesa. Pero para recordar lo malo. Para saber lo que queremos, que es como decir también lo que no queremos.

En estos trances, el cabreo generalizado lleva a muchos a tender a la justicia popular, a que sean de la calle los tribunales. Aprendí de Umbral, en otros tiempos también duros, que al personal hay que darle un enemigo concreto, perfectamente visible, fusilable, y nunca abstracciones. Quien termina llevándose detrás al pueblo son los payasos con talento o bien los que son capaces de concretar un enemigo. A veces el enemigo es una casta. Pero siempre es un enemigo al que se le encasquetan todos los males y todas las penurias de la gente, que siempre es desgraciada. Cuanto peor está, la peña quiere un culpable y aunque los haya a mantas,  algunos se empeñan a veces en desviar la culpa para que la gente acierte equivocándose, no sea que al final vaya a dar con el culpable verdadero y se líe parda.

Por eso, porque creo en el Estado de Derecho y en la división de poderes. Porque odio y me repugnan los tribunales populares, que siempre se equivocan en su maldad. Porque quiero que la Justicia la hagan los tribunales y nadie sea condenado sin pruebas aunque sea culpable, ni infantas, ni cabrones, ni abogados, ni manifestantes, ni terroristas, nadie, por eso, en este momento de tensión y susceptibilidad social generalizada, se hace más necesaria la acción de los políticos, tan inactivos en lo esencial.

Es imprescindible que se den cuenta de que la Justicia corresponde a los tribunales. Y los tribunales son humanos, y aciertan, o se equivocan, pero siempre tarde. Y sin pruebas no deben condenar, aunque sobren convicciones. Y por ello, al margen de la Justicia, han de actuar los partidos, con contundencia, sin matices, disipando cualquier duda. Con ejemplaridad en defensa de la ética en la cosa pública. Ante los indicios, y hay muchos, fuera con el presunto. Y si al final no hay nada, que reaparezcan. Pero ni un segundo de complacencia con los que se han desviado. Con el culpable verdadero.

No vale escudarse en grandes pactos y modificaciones legislativas. Perfecto. Que hagan ambas cosas. Pero antes que actúen sin contemplaciones. Más vale cien culpables libres que un inocente en la cárcel. Eso, en derecho. En política más valen cien inocentes en su casa que un solo culpable en la dirección de los partidos. Ejemplaridad, ésta es la clave. Con la legislación vigente hasta podría servir. Por mucho código que se inventen, si ellos no actúan al margen de la Justicia, en política, esto no hay dios que lo arregle.

La gente está indignada. Sobran los  motivos, que dice Sabina, a otros efectos, que también nos valen para éstos. El estado de indignación no te da la razón. Es verdad. Pero hay  razones sobrantes. Y como queremos justicia, pero no en la calle, es imprescindible ejemplaridad.  Y mucha. Toda. Ya mismo.