A veces, la distancia propicia ver aún más de cerca la realidad de lo tuyo. Más atinadamente. Pasea uno por una ciudad estadounidense, lee la prensa americana y percibe cómo nuestra política, y el lenguaje de nuestros políticos, que a veces se nos contagia, es el altar de los lugares comunes. Y desde su atalaya cutreluxe hasta modifican la realidad de las cosas llamándolas por el nombre inadecuado. Eso, si no optan por el silencio cómplice, directamente. Aquí, en los EEUU, no ocurre. O es menos latente. Los políticos responden ante sus electores, y no se adornan de impostura en el rostro, o  en el discurso, para ningunear y engañar a los ciudadanos. O es menos patente. Y ni se les pasa por la cabeza una comparecencia sin preguntas, que es como una cena sin alimentos.

Lee uno la prensa, escucha los informativos, charla con el personal y se percibe que aquí nadie “pone en valor” ninguna estolidez. Y por estos lares la peña cree que “las cosas sí pueden ser de otra manera”. Nadie habla de indemnizaciones en diferido. A los impuestos no les denominan, como Montoro, el de la risita, “recargo temporal de solidaridad”. Aquí, en cuatro días, no he escuchado ni leído a ninguno decir que “hay que dejar que actúe la Justicia”. Me doy cuenta de que el lenguaje no es empleado por quienes están en la cosa pública para ocultar el pensamiento o la realidad, sino para revelarlo, y se dirigen a los ciudadanos como tales, no como súbditos. De modo que no les ahorran las palabras ciertas. Casi nunca.

Aquí hay corruptos y corruptores, como en todos lados. Aquí se gestó el latrocinio de Lehman Brothers, sí. No es oro todo lo que reluce. Hay también cloacas. Pero Charles Ferguson y Audrey Marrs produjeron también Inside Job. Y aquí, como en los países democráticos en los que funcionan los mínimos, no se emplea el eufemismo mentiroso a cada rato.  Y “el que la hace la paga”. Pero de verdad. Y no hay “palo que aguante la vela” si la vela existe. Y el que miente se va a casa si le pillan. Aquí a ningún político se le ocurre decir que observa brotes verdes cuando se es vecino de la miseria. Como a ninguno se le ocurre no mencionar la crisis cuando la crisis les ahoga. Como a ninguno se le pasa por la cabeza no mencionar a un corrupto cuando ese corrupto es portada de todos los medios durante semanas. Pero, claro, aquí un Luis el cabrón habría ingresado en Alcatraz en un santiamén. No habría recorrido medio mundo durante meses con posibilidad de destruir y/o ocultar pruebas a diestro y siniestro.

Pero a lo que íbamos. Sale uno de España y los políticos son capaces de pensar y de expresar lo que piensan con palabras que significan lo que ellos quieren decir. No sortean la claridad con expresiones tópicas que se repiten como una casete enganchada.

Pero, claro, aquí hace ya mucho que los medios aprendieron que no se puede dar la noticia de la bomba atómica en un breve texto entre los anuncios de bragueros. La mayoría de los periodistas coinciden con Ben Bradlee  en que lo más importante que puede hacer un periodista es convertirse en un tipo peligroso para la gente del Gobierno. Gobierne quien gobierne. Eso sí que hay que valorarlo. Mucho.