Nuestro debate político está impregnado de corrupción. No hay día que nos libremos de ese mismo mal, que ya es moda tóxica. La política no es ya el reino de la piel de plátano, como dijo el Conde de Marenches, jefe de los servicios secretos de Pompidou y Giscard d’ Estaing.  El punto de mira de los ciudadanos, en su mayoría, y de los medios de comunicación, está instalado en los corruptos y en quienes en los partidos les cobijan, avalan o encubren.

No es cierto, como dijo aquel Bogart convertido en director de periódico que se enfrentó al poder local y mafioso dos días antes de que cerraran su diario, que mientras un periodista pueda escribir la verdad, estén acabados los corruptos. Eso no acaba nunca. Aunque es verdad que algunos periodistas les complicamos la vida. Y nos la complicamos.

Hablamos, sin embargo, poco o nada de los corruptores. Como si sólo los corruptos fueran inquietantes, peligrosos y disolventes de cualquier ética. Hay otra profesión, arraigada en España: los corruptores. Y sin ellos no habría corruptos. Aunque casi nunca salen en los papeles y no suelen ser objeto del ojo policial y judicial, los agentes principales de la corrupción, los grandes beneficiarios del latrocinio, pasan casi siempre por eficientes, respetables, elegantes e incluso modélicos empresarios, a los que se recibe en los salones del poder como probos gestores de la eficiencia. Son señoritos de pinta y porte trufados de golfos sin escrúpulos. Ricos miserables que esquilman a los pobres exquisitos. Y nunca aparecen de cara. Siempre de soslayo. A través de sicarios, tipejos que se llevan una pizca del robo a manos llenas por dar la cara y soltar la leña al corrompido. Suelen ser importantes corporaciones económicas y financieras, de ésas de postín, quienes emplean a estos tipos que gestionan favores o prebendas, buen trato a sus compañías y productos en perjuicio de los ciudadanos, de las administraciones públicas, de sus competidores sin acceso al primer nivel de “la cosa Nostra”, que es siempre la suya, y no la nuestra, de la economía nacional y de la ética en el ejercicio de la función pública.

Los corruptores son el otro gran cáncer de nuestra sociedad. El corazón del problema que nos aflige y que nos persigue como una maldición. Todos conocemos a alguno. Incluso a varios. Debemos denunciarlos. Debiéramos retirarles el saludo, señalarles con el dedo. Y a la más mínima prueba, al juzgado. Los hay en todos los ámbitos. En lo local, en lo municipal, en lo autonómico y en lo nacional. En lo público y en lo privado. Hacen más daño al sistema que todos los corrompidos juntos. Y cuando te cruzas con ellos, alardean de estar escandalizados de tanta corrupción.

No denunciar a los corruptores, si tenemos pruebas, es como no salvar a un hombre a punto de ahogarse. O como no escribir la verdad si tienes acceso a ella y puedes acreditarla.

Los corruptores, sí. Es imprescindible ponerles rostro, nombre y apellido. Es necesario que desaparezcan. Y ya leímos todos a Cicerón: la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Una verdad como un templo.