Cristóbal Montoro es el ministro de Hacienda de España, uno de los países con impuestos más elevados , pero con menos recaudación de la Unión Europea. Hablamos del ministro español que ha subido más los impuestos en menos tiempo, violando el compromiso electoral con el que su partido concurrió a las elecciones. Y España es el país que menos gasta y que menos inspectores dedica a perseguir el fraude. Cristóbal Montoro es el ministro de Hacienda y Administraciones Públicas de un gobierno del PP, partido sobre el que pesan sospechas de financiación ilegal con la trama Gürtel y en cuyo seno un tipo al que ellos mismos llamaban “Luis el cabrón”, a quien Rajoy nombró tesorero, amasó una fortuna cercana a los 40 millones de euros sin que nadie se enterara, según dicen.

Cristóbal Montoro lleva varias semanas comportándose como un dirigente de un país totalitario. Resulta intolerable en un país democrático que el ministro de Hacienda viole normas esenciales de comportamiento político e institucional y se cargue algo tan inviolable como la seguridad jurídica.

Primero advirtió Montoro  a la oposición, en tono amenazante. La emprendió después contra actrices y actores críticos. Y la semana pasada contra periodistas discrepantes. En general, ha hecho uso inaceptable de la información de que dispone para, genéricamente, sembrar una sospecha injusta sobre miles de ciudadanos.

Cristóbal Montoro tiene la obligación de luchar contra el fraude fiscal y acusar en los tribunales competentes a quienes incurran en infracciones que estén tipificadas en el Código Penal. Hasta ahí, sí. Naturalmente. Lo que no es admisible es que el ministro de Hacienda y Administraciones Públicas se dedique a sembrar la sospecha contra quienes critican al Ejecutivo, bajo advertencias en tono amenazante, más propias de un camorrista mafiosesco que de un miembro de un Gobierno.

La deriva tabernaria, muy de tugurio, del ministro Cristóbal Montoro permite deducir que utiliza la Agencia Tributaria como arma de venganza personal, suya o de su partido, todo ello  violando, además,  su obligación de atenerse estrictamente a la Ley General Tributaria y la Ley de Protección de Datos.

Y Cristóbal Montoro, encima, se descojona cada vez que actúa de este modo con una risita que no se sabe si es nerviosa, sardónica o simplemente fruto de una maldad patológica. Porque el asunto no tiene la más mínima gracia. El día menos pensado se presenta en el Congreso en chándal. Descojonándose, pero en chándal. Como Maduro, el sucesor de Chávez.

Alguien debe pararle los pies a Montoro. Por civismo. Por respeto a las reglas de la democracia. Y el único que puede hacerlo es Rajoy, el presidente. Pero me temo que es quien le ha dado el visto bueno. Qué triste asediar al discrepante que cumple con sus obligaciones cuando uno vive de un partido que se financia de los impuestos y de donaciones interesadas y a quienes los complacientes banqueros les condonan los créditos. Y qué totalitarios. Montoro.  Y los demás.