Son muchas las reformas que esperamos para regenerar nuestro sistema democrático. Para superar la formidable crisis institucional que padecemos. Una, no poco relevante ,es la del reglamento del Congreso, una casa donde se habla poco de los asuntos esenciales que preocupan y ocupan al personal. Una institución clave que debiera ser la casa donde todos vemos que se debate a fondo lo nuestro, y que se ha convertido en una oficina. Una oficina aburrida, distanciada de la realidad, instalada en la distancia del ciudadano. O sea, lo contrario de lo que debiera ser. Lo dice hasta el CIS de Rajoy.

El súmmum es el grandilocuente Debate sobre el estado de la Nación. Ahí quedan en pañales. La primera jornada se dedica, esencialmente, al cara a cara de los dos que se reparten el pastel. En la oficina, más que discursos, hay charletas de manual. Es verdad que sale algún papel interesante. Pero los hombres del traje gris, a juego de color con la mente, ni son capaces de venderlos bien. La segunda es el acabóse. A los partidos minoritarios no les escucha ni dios. La oficina es incluso pasto de una deserción en masa. En cuanto pueden, se dan el piro. Y termina la cosa, y la nuez del debate es lo que no se ha debatido en la oficina. Que el gran día, eso sí, se asemeja a un consejo de administración. Incluso hay algún accionista insignificante que le toca las narices un poco a los que parten el bacalao.

Debiera ser el reflejo de la calle, y sin embargo (¡eh, Sabina!), es una oficina, una casa sin luz, un baile sin orquesta, un velo de alquitrán en la voz y en la mirada.

Hay que poner patas arriba el Reglamento después de cambiar la Ley Electoral. Los diputados deben rendir cuentas a quienes les han elegido, no a los mandamases del partido que colocan a la peña en las listas. Hay que garantizar la libertad de expresión de sus señorías. Hay que sancionar el mandato imperativo de los partidos. Y asegurar la investigación parlamentaria independiente de los desmanes del poder, sin que se requiera mayoría, a petición por ejemplo de un tercio de la Cámara o de tres grupos parlamentarios.  Y depuración de las responsabilidades políticas al margen de las judiciales. Hay que ver en el Congreso a un diputado del grupo parlamentario del partido en el Gobierno levantarse y discrepar con argumentos, y con pasión en la defensa de sus posiciones, del presidente. Es un sueño que sucede en otros países democráticos no lejanos.

Lo que viene siendo convertir el Congreso en una cámara que ejerce la potestad legislativa  y que controla de verdad la acción del Gobierno, sin controles como los de hoy ,que posibilitan hurtar lo esencial. Además, es que lo manda la Constitución. Que se pasan por el arco del triunfo con naturalidad pasmosa.

El Congreso de los Diputados debe ser lo que no es.  No digo que sus señorías no trabajen. Digo que la casa de los leones no es una oficina en la planta séptima. Ni una serie de televisión, como hubo alguna. De oficinas. Digo que nuestra democracia exige muchos cambios. Y este es esencial. Pero por ahora va a ser que no. Quienes tienen en su mano cambiar el rumbo de las cosas no quieren una cámara de representación. Están mejor en la oficina. Mandan ellos. Y así nos va. A nosotros.