El estado de la Nación, objetivamente malo. Indiscutiblemente malo. Y no me refiero a la crisis económica, sólo. Ni al desempleo, sólo. Ni a la corrupción, sólo. Me refiero a la formidable crisis institucional, que sólo pueden resolver los políticos. Y al desahucio moral, del que hemos de rescatarnos todos, entre todos.

Hoy y mañana, en el Congreso, el PP tratará de solventar el trance con la venta de las cosas que Rajoy cree que debe hacer para salir del agujero. Y el resto le zurrará la badana con Gürtel, Bárcenas, Sepúlveda y compañía, como se viene haciendo. Porque caso hay, aunque lo que se haya dicho sea mentira, menos algunas cosas.

La crisis institucional y el desahucio moral no se resuelven en una columna. Tampoco en un debate de dos días. Pero se me ocurren algunas cosas que gustarían a muchos y mejorarían el patio nacional. No son las únicas, pero urgen.

Por ejemplo. Contratar, o echar mano, de especialistas para resucitar a Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu. Sí, el ilustrado. Que la separación de poderes sea real.

Y reformar a fondo el modelo territorial del Estado, acabando con los cuatro niveles administrativos. Y por supuesto reformar la ley electoral, yendo a un modelo representativo con listas abiertas y elección directa del jefe del Ejecutivo, parlamentarios, presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, etc.

Y regular, para potenciar, todos los mecanismos de control, hoy ineficientes por cooptación del Ejecutivo o por reparto entre partidos. Y promover garantías legales de independencia absoluta de los órganos regulatorios.

Y reformar la ley de financiación de partidos políticos, acabando con la financiación pública además de fundaciones, patronal, sindicatos, etc.

Y poner en pie la reforma del reglamento del Congreso, que garantice la libertad de expresión, sancione el mandato imperativo de los partidos, garantice al margen de las mayorías la investigación parlamentaria independiente de la corrupción y los excesos del poder y garantice la depuración de las responsabilidades políticas al margen de las judiciales.

Y fijar el examen por el Parlamento de los miembros del Gobierno y altos cargos del Estado, con criterios de excelencia, preparación y experiencia. Urge también la garantía de que los segundos niveles de la administración serán desempeñados por funcionarios de carrera al margen de los partidos, limitando las designaciones a dedo. Y…

O sea, lo que no se viene haciendo, que es lo que hay que hacer. Lo escribió Thomas Carlyle: estamos a punto de despertarnos cuando soñamos que estamos soñando.

Quizá también habría que llevarse los leones de Ponzano que miran al Palace y a Sol, y colocar en el frente del Congreso, en su sitio, dos grandes farolas, que es lo que quiso al diseñarlo Narciso Pascual y Colomer. Para iluminar a los ocupantes de la casa.