David Fernández Ureña. Sargento del Ejército español. Especialista en desactivación de explosivos. Treinta y cinco años. Es la víctima número 100. Un centenar de vidas nos ha costado la presencia del Ejército español en la guerra de Afganistán. Miles de soldados españoles han pasado ya por las bases occidentales en este país donde uno siente la sensación al aterrizar de haber realizado un viaje a la Edad Media. Miles de hombres y mujeres muy bien formados que representan a un Ejército de un nivel que muchos españoles no imaginan. Los mandos y la tropa. Han hecho, y aún les quedan unos meses, un trabajo formidable en condiciones durísimas y no han recibido el reconocimiento que merecen de la sociedad española. Más allá de ideologías, de acuerdo o no con la presencia de tropas españolas en ese frente, ese personal, del primero al último, han hecho méritos para lo mejor.

Al sargento Fernández Ureña le segó la vida un IED, que es como se denominan los “artefactos explosivos improvisados”. Trataba de desactivarlo y le mató. Puede tratarse de mimas trampa (HOAX), bicicletas-bomba, garrafas explosivas, artefactos enterrados, burros bomba. Los disfraces asesinos son variados.

El sargento Fernández ingresó en el Ejército en el año 2000. En 2009 acudió por vez primera a una misión en Afganistán. Recibió la medalla de la OTYAN-ISAF. Era especialista en defensa contra armas químicas nucleares, biológicas y químicas y operador de artefactos. También formó parte de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad. El viernes le concedieron la Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo. Pero ya estaba muerto.

El sargento Fernández, como todos sus colegas destinados en Afganistán y en otras misiones internacionales, representa un Ejército moderno, de profesionales bien formados, de alto nivel, con un valor formidable que compatibilizan en territorio hostil su trabajo militar con labores humanitarias admirables. He estado allí y se de lo que hablo.

Quedan pocos meses de presencia en Afganistán. La guerra se mueve. El principal enemigo de occidente, el terrorismo islamista de Al Qaida y sus aliados en ese ejército panafricano islamista que es ya una realidad, tiene sentados sus reales en el Sahel. Desde Mauritania a Somalia, pasando por Mali, Argelia, Níger, Chad, Sudán y Eritrea, desde el Atlántico al Mar Rojo, campan a sus anchas. Francia, Alemania y Reino Unido ya están allí, con apoyo de los Estados Unidos. Nuestra inteligencia ya pisa el terreno. Nuestros soldados no tardarán en llegar. Los mismos hombres y mujeres de Afganistán en un frente de mayor riesgo con un enemigo quizá aún más inquietante y peligroso.

Insisto. Merecen un homenaje estos soldados. Por eso no se entiende la ausencia del presidente en el funeral del domingo presidido por el Príncipe. El mismo Rajoy que criticaba a Zapatero por lo mismo. Los soldados, como los ciudadanos, merecen más respeto, presidente. O al menos una explicación.