La muerte de cuatro niñas en la fiesta del Madrid Arena no tuvo su origen en las bengalas criminales. No. Lo tuvo en la codicia y en el compadreo. La muerte de Rocío, Katia, Cristina y Belén fue consecuencia de una cadena inadmisible de imprevisiones, incumplimientos, inacciones, errores, descuidos, negligencias y despropósitos que ya veremos si la justicia acabará estimando delitos, bajo la previa lentitud desesperante. Canallada son. Eso fijo.

La pregunta no es qué falló en el Madrid Arena. La pregunta es si los organizadores y el Ayuntamiento hicieron algo bien en esa noche de muertos en la que unos empresarios desalmados y una Administración negligentemente inactiva posibilitaron que un torrente humano de al menos quince mil jodidas personas (así lo dijo Aoki al irrumpir en el escenario) se introdujera a la deriva y sin control en un recinto ilegal donde nunca tuvo que haber más de nueve mil seres humanos. Qué buena suerte tuvimos de que sólo perdieran la vida cuatro niñas. Pudieron ser cuatrocientas. O cuatro mil.

Que no me vengan ahora con que la juventud bebe y se droga. Como si el alcohol y las drogas no formaran parte de todas las juventudes que en la historia han sido. Y serán. La juventud lo que tiene es derecho a ser gobernada por personas responsables y a acudir a negocios legales regentados por gente decente y con escrúpulos.

La juventud, incluso los menores que se saltaron la ley a la torera, no tienen la culpa de que el Madrid Arena no justifique el dinero público invertido en su construcción. La juventud no es culpable de que se le denegara la licencia y, pese a ello, el Ayuntamiento se lo alquilara a una empresa de un amigo de algunos jerifaltes municipales cuya sociedad estaba inhabilitada para contratar a causa de sus deudas pendientes. Ni de que esa empresa, por codicia, subcontratara la seguridad del recinto con otras empresas ineptas e igualmente codiciosas. Ni de que el empresario colegui vendiera el doble del aforo, o más, y contratara el servicio médico para atender a miles de personas con un ex concejal sospechoso, de 70 años, que prestó el servicio ayudado solo por su hijo médico y dos auxiliares. Ni de que la Policía Municipal y Nacional enviaran pocos agentes al evento. Ni de que muertas tres personas, aún siguiera la fiesta durante dos horas, con las consecuencias que ello pudo tener. Sí, ya se que en esas dos horas había mucho que vender. Pero de todo esto no tienen culpa los jóvenes que acudieron al concierto.

Y la alcaldesa Botella, demacrada, sí, desbordada, confunde el uso con el mal uso y dice que ya no permitirá ninguna fiesta en locales municipales. A ver si ahora para evitar los robos en los grandes almacenes va y cierra El Corte Inglés. Antes, que nos explique los motivos que llevaron al vicealcalde a ejercer en el primer minuto de defensor del empresario canalla. Muchas autoridades anuncian modificaciones legislativas. Siempre estamos igual. No cambien las leyes. Limítense a hacer cumplir la legislación vigente y a lo mejor no tenemos más Rocíos, Katias, o Cristinas  a quienes velar.

De este drama de la noche de Halloween queda mucho por saber. La Justicia dirá si hay delitos. Las otras responsabilidades  han de sustanciarlas la alcaldesa afligida, el ministro de Interior y el presidente de la Comunidad de Madrid. Y si por debajo de ellos nadie asume ninguna, entonces les corresponderá a ellos. A Doña Ana, Don Jorge y Don Ignacio. Es lo que tiene llegar tan arriba. Que a veces la caída es dura. No todo son viajes, fiestas, homenajes, palcos gratis, conferencias, entrevistas y plenos de salón.