El 25 N cosechará su penúltima derrota electoral en Cataluña, tras el fracaso estrepitoso de las generales de hace un año y los batacazos posteriores de sus franquicias en Galicia y el País Vasco. El PSOE del post zapaterismo se hunde cociéndose en su propia salsa. La militancia está que fuma en pipa. La clase dirigente vive encallada en una guerra nominalista, que puede llevar al centro izquierda en España a unas cifras que recuerdan al PSI de  Bettino Craxi o al PASOK de Yorgos Papandréu y Elefterios Venizelos.

Es mala para España esta pérdida del norte en el PSOE, herencia de la mala cabeza de una cúpula dirigente que ha mirado más por sus intereses que por los de sus militantes y por los de los ciudadanos españoles. Si, es mala. Muy mala. Porque nuestro sistema partitocrático, más que mejorable, sólo se salva, mientras llega la regeneración, si existe un equilibrio y una alternancia entre el PP y el PSOE. De modo que la crisis severísima socialista podría dejar a los populares como único partido con la  consecuencia, casi inevitable, de que tienda a comportarse como partido único. Lo que nos faltaba.

El PSOE, o sea, quienes lo controlan,  debieran primero diagnosticar, muy certeramente, la enfermedad grave que padecen. Hablo de Rubalcaba y cía. Es muy probable que su esquizofrenia territorial, sus calamitosos pactos con partidos nacionalistas, que le han hecho perder su esencia española y constitucionalista, sean una de las causas del abandono de sus electores, tradicionalmente fieles. Añadamos su manga ancha con la corrupción, sobre todo en Andalucía. Sumemos la percepción generalizada respecto a su incapacidad para detectar, primero, y gestionar, después, la crisis económica. Continuemos con el esmero puesto en el fomento del clientelismo insoportable y con las consecuencias devastadoras para el personal propio de perder tanta capacidad de colocación. Agréguese el estado limítrofe con la quiebra en que dejaron España tras sus últimos ocho años de gestión. Incorpórese su incapacidad para, en su momento, haber puesto la transición en manos de alguien más neutral, en vez de en un aparatero y artero Rubalcaba. Mézclese todo ello con la propia crisis interna derivada de la pérdida de ingresos, los ERE que no pueden silenciar y el cabreo melancólico y generalizado de las bases. Naturalmente, nos sale el resultado previsible. La debacle.

No es sencillo el remedio. La historia lo acredita. Pero si aciertan en el diagnóstico pueden dar con el tratamiento adecuado para que la enfermedad no sea mortal.

Si el PSOE sigue, derrota tras derrota, en la batalla fulanista del quítate tu para ponerme yo. Si el PSOE sigue en esa cruz de navajas por el poder. Si el PSOE, o sea, los que mandan en el PSOE, no libran con rapidez, junto a su ejército de leales, la batalla de recuperar su sitio con ideas nuevas, para después colocarle rostro al cartel, el partido quedará reducido a jugar un papel irrelevante en la política nacional. O sea, un desastre. Para el PSOE y para España.