No cesamos de hablar y escribir de los desahucios, últimamente. No son cosa de ahora, pero ahora se han recrudecido, presentando la cara quizá más trágica de esta crisis, que es económica, claro, pero más aún política, moral, ética, un déficit , en general, de ejemplaridad y decencia y un superávit de obediencia cómplice e impunidad de los culpables.

Gracias a Juan Carlos Moreno, fiel y crítico oyente de Cada Mañana Sale el Sol en ABC Punto Radio, reparo y me detengo en la palabra: desahucio.  Las palabras son un mundo y conviene conocer su origen. Esclarece. Define. Y ayuda a comprender. Desahucio, sí. Cuando uno pierde su casa por no poder hacer frente a la hipoteca. Pero, ¿por qué esa hache intercalada entre la “a” y la “u”, que conduce a muchos al error ortográfico? Porque proviene de la bellísima palabra “ahuciar”, de escasísimo uso, que significa esperanzar o dar confianza. Por ello, la primera acepción de desahuciar es, precisamente, “quitar a alguno toda esperanza de conseguir lo que desea”. Resulta muy certera para definir lo que sienten cada día más ciudadanos. Como la segunda: “Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación”. Sí, muchos creen que el autismo de nuestros políticos tiene difícil cura. Y sólo la tercera responde a la tragedia inmobiliaria que nos preocupa a todos: “despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal”.

Hay que reparar también en el origen de “ahuciar”. Lo encontramos en el castellano antiguo en “afiuciar” o “afuciar”, lo cual nos ayuda a entender la dichosa “hache” intercalada, que es una evolución de la letra “efe”, enmudecida como tantas otras en el rodar de la maravillosa lengua castellana: igual que el “ferro” quijotesco ,que terminó en hierro, o la “fermosura” , que derivó en hermosura. Y en el origen, los romanos. “Afiuciar” o “afuciar” proceden de fides, que en latín significa fe y que envuelve el campo semántico de la confianza y la esperanza.

Qué útil el manejo, casi mágico, de las palabras. Es grave lo del personal al que dejan en la calle. Muy grave. Pero aún lo es más que políticos, banqueros, empresarios y demás capos de la cosa nos hayan dejado a tantos sin esperanza de conseguir lo que deseamos. Que no es tanto, aunque parece demasiado. Además de no dormir en la calle, queremos vivir en un sistema democrático de verdad. Donde no todo se fíe al dinero. Donde funcionen las instituciones. Donde los mecanismos de control existan y actúen al servicio de los ciudadanos y no de quienes les controlan a ellos. Donde los discrepantes no sean excluidos. Donde la crítica sean entendida como el ejercicio de un derecho y no como una deslealtad inadmisible. Donde no vaya a misa lo que deciden unos pocos en detrimento de muchos. Donde el que la hace, la pague. O, al menos ,que no sea indultado o amnistiado.

Lo que necesita el personal, lo que todos necesitamos, es que alguien nos ahucie. Y nadie aparece en el horizonte. Hay miles de desahucios inmobiliarios, pero los desahuciados somos millones. Ya casi nadie tiene fe, confianza o esperanza, porque quienes han sido elegidos para dar ejemplo y proporcionarnos curación están enfangados hasta el tuétano. Y cada día aparecen y reaparecen hechos, datos y sucedidos que nos confirman que nuestros males tienen remedio, pero los doctores a quienes hemos confiado la responsabilidad de sanarnos están enfermos de codicia, tienen un apetito desordenado y desorbitado de la riqueza propia, y nos han dejado la cosa pública convertida en una cochambre.

Hoy, en España,  la mediocridad de gran parte de los primeros niveles de la política y la gran empresa resulta incompatible con los mínimos exigibles. Los unos están entregados al ruido fatuo y al mantenimiento de las prebendas y los otros sólo buscan la prisa del enriquecimiento a costa de bailarle el agua y el bolsillo a los primeros. Y el resto, o sea, nosotros, a financiar el dislate. Estamos desahuciados. Todavía muchos con casa. Pero desahuciados.