La tormenta desatada, tan consciente como irresponsablemente, por Artur Mas no es, como diría mi poeta favorito, un epílogo de otros septiembres calientes del trópico caprichoso, sino el preámbulo o la introducción de un disparate cuyo desenlace desconocemos. Ya veremos en qué acaba el tsunami que anuncia. Sabemos que principia en una tormenta que nos acecha a todos, españoles, catalanes, charnegos y los otros,  a todos, insisto. Como lo imposible arrasa en taquilla, quizá Mas quiere ser protagonista de otro aquelarre, estelada al viento. Pero en este drama no tenemos a Ewan McGregor, ni a Naomi Watts, aunque sea real como la peli de Bayona.

Encontrar la salida a la crisis económica es lo que nos apremia, lo de verdad perentorio. Pero lo más importante y trascendental, lo ciertamente grave, está en la crisis institucional, en la inviabilidad progresiva del sistema y en la necesidad de acometer una reforma a fondo, hasta el tuétano, de la Administración y de la configuración del estado de las Autonomías. Tenemos que abordar entre todos un nuevo proceso constituyente. La Constitución, sin duda la mejor que nos hemos dado los españoles a lo largo de nuestra historia, requiere reformas. Y no solo del Título VIII.

Hemos de regenerar nuestra democracia. Desde el orgullo de haber podido ser todos protagonistas de un larguísimo periodo de prosperidad, apremia ahora el momento de afrontar con serenidad, sentido común, sensatez, valentía y coraje democrático un cambio de los cimientos de nuestra democracia que le resulte útil a varias generaciones de españoles.

La principal responsabilidad la tienen, en primer lugar, Mariano Rajoy, presidente de un Gobierno con mayoría absoluta y líder del PP. Y, en segundo lugar, Alfredo Pérez Rubalcaba, líder del principal partido de la oposición. Ambos deben liderar un proceso que integre tanto al resto de las fuerzas políticas con representación parlamentaria como a la opinión pública. El objetivo no es recortar o restringir el autogobierno de Comunidades Autónomas con historia, bagaje cultural y lengua propia que merecen un tratamiento adecuado. El texto de 1978 fue útil. Era el que se pudo redactar entonces, pero es más que mejorable. Ahora toca rediseñar la casa de todos, apuntalar los cimientos, reconstruir un Estado moderno, viable económicamente, en el que encajen las diferencias sin generar injusticias. Hay que dar con una justicia social que no engendre monstruos administrativos incontrolables, que permita que vivamos en paz , dedicando nuestro tiempo al esfuerzo individual en pos del bien común, y no a debates estériles alimentados por líderes que ocultan su incapacidad para la gestión en un mesianismo de andar por casa.

Es una responsabilidad histórica y les ha correspondido a ellos. En otro tiempo le correspondió a Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y tantos otros, y tuvieron el respaldo de la mayoría de los españoles. Hace falta sentido de la responsabilidad, sensatez, sentido común, valentía, arrojo, audacia e intuición, entendida ésta como la velocidad punta de la inteligencia. No es momento para los mediocres, por muy honrados y prudentes que puedan ser. Lo que parece imposible es posible. Si quieren, claro.