Se calienta la calle. Hay mucho personal indignado, en la calle o en su casa. Y en la diana los políticos, la casta, quienes han sido elegidos para la gestión de la cosa pública. No hay matices. A por ellos. Pero ojo, no son todos iguales y no debiéramos jugar con fuego. Tienen buena parte de la responsabilidad, y podían haberlo evitado. Pero en trances como este pueden hacer fortuna discursos peligrosos para la democracia. Haría bien el Gobierno de Rajoy en articular un relato coherente y explicárselo a los ciudadanos, que expresan su cansancio con tensiones que no siempre se corresponden con lo que hay.

Los grandes partidos son responsables de no funcionar democráticamente. Ellos debían haber modificado el título VII de la Constitución a tiempo. Ellos debían haber resucitado a Montesquieu para que los tres poderes del Estado funcionaran como debe ser. Ellos debían haber reformado la ley electoral. Ellos debían haber acabado con el reparto institucional y la colocación de sumisos en vez de buscar la excelencia. Ellos debían haber evitado que tantos ineptos gestionaran las Cajas calamitosamente en beneficio propio. Ellos debían haber obligado a que los controles del contrapoder funcionaran. Ellos debían haber acabado con los corruptos. Ellos debían haber mandado parar a los participantes en la orgía de gasto desenfrenado y sin control del dinero público. Ellos debían haber advertido que el sistema amenazaba ruina. Ellos.

Sí. Tienen esa responsabilidad por no haberlo hecho. Y tienen la responsabilidad de hacerlo. Pero en la hora de buscar responsabilidades no debiéramos olvidarnos de los banqueros, empresarios y ejecutivos que perdieron la cabeza, atrapados en su codicia. De los premios Nobel, los economistas y los profesores, eméritos o no, que le bailaron el agua a los poderosos mientras la cosa pública hacía agua. De los auditores y las agencias de rating que bendecían el latrocinio sin control en vez de encender las luces rojas de alarma. De los medios de comunicación y los periodistas cómplices por interés. De los abogados que diseñaban el camino equivocado. De los defraudadores y evasores que se llevaban la pasta y/o la ocultaban al fisco. De los ciudadanos de toda condición dispuestos a corromper sin los que no habría corruptos. Estamos donde estamos por el fracaso de muchos.

Y llegado este punto, comprendo el cabreo general, la indignación y la protesta. Pero ojo, que no se ha inventado aún un sistema mejor. Ojo con los discursos deslegitimadores de la política. Ojo con quienes pretenden sustituir las urnas por las asambleas callejeras.

Es la hora de la política con mayúsculas, de los políticos de fuste con visión a largo plazo. Es la hora de diagnosticar los problemas, todos, y buscar soluciones en sede parlamentaria. Es hora de reforzar las instituciones, los mecanismos de control, la democracia en sí misma, para evitar tentaciones totalitarias disfrazadas de democracia popular que solo conducen a dictaduras indeseables que la mayoría no desea. Es la hora de la responsabilidad. ¿Estarán a la altura? ¿Estaremos a la altura? Es cosa de todos.