Pues sí. En el PP no quieren hablar del asunto. Y en los medios de propaganda, que abandonaron el periodismo para entregarse a la causa, esconden el debate. Pero hay asunto. Mar de fondo. Malestar. Incomodidad. Cabreo.

Aznar aprovechó que le entregaba un premio a Vargas Llosa para reclamar acción frente al desafío independentista. El ex presidente formuló un alegato contra los nacionalismos desleales, defendió la Constitución, planteó como ineludible una reforma a fondo del Estado para reformular las Autonomías y, sobre todo, reclamó liderazgo. Sabemos que Rajoy es poco amigo de alegatos. Poco o nada. Lo suyo es esperar a que escampe. Aunque ahora ha endurecido algo el discurso, en la campaña. Rajoy tiene muy claro que la Constitución y el Estado, ahora, no se tocan. Y el liderazgo, lo que se dice el liderazgo, tampoco es arte de Rajoy. Ergo, en el PP hay algunos muy cabreados. Y le han pedido a Aznar que apriete las tuercas porque le tienen confianza al ex. Y el ex ha sido claro con ellos. No va a volver, pero no se va a callar, y va a evidenciar que hay algarabía en Génova. Lío, y no poco.

Los ex presidentes son muy dados a ponerse estupendos, como si el personal careciera de memoria. Porque Aznar, que, en su día, de joven, era poco partidario de la Constitución, gobernó España ocho años. Y no avanzó nada en la regeneración del sistema, en la mejora de la calidad de nuestra democracia, en el perfeccionamiento de los sistemas de control del Ejecutivo, en la separación de poderes.

Y Aznar designó a dedo a este Rajoy que ha ganado por mayoría absoluta. Y que entonces era igual de gallego que es ahora.

Y fue Aznar quien formalizó el pacto del Majestic con Jordi Pujol. Y le entregó a don Pujol la cabeza de Alejo Vidal Quadras en bandeja. Y retiró a la Guardia Civil de funciones importantes para que las asumieran los Mossos, para mayor cabreo de Mayor Oreja y los suyos. Y modificó la fiscalidad para engordar las arcas autonómicas pujolianas.

Es una lástima que siempre suceda lo mismo. Ejercen la responsabilidad para la que han sido elegidos en las urnas. Incumplen sus compromisos. Nos dicen que la vida es dura y que cuando se llega tan alto se da uno cuenta de cosas que desconocía. Nos perjudican con sus decisiones. Se van. O les echan. Y entonces se convierten en hombres igualmente influyentes, pero ganando pasta de la buena, un pastizal, en fin, asesorando lo mismo a colegas que a compañías que buscan influencia. Se recorren el mundo en poltrona Business, a bordo de la Visa oro. O de la American Express negra, que aún mola más. Y cada poco, o mucho, según les convenga a ellos, le sueltan una andanada a sus sucesores reclamándoles que hagan lo que ellos no hicieron cuando podían haberlo hecho.

La verdad, estoy de acuerdo con lo que dijo Aznar junto al Nobel. Pero si fuera Rajoy estaría indignado. Ya le vale al “ex”. A buenas horas. Que le dé lecciones para afrontar el reto catalanista quien generó parte del problema es como para cabrearse. Mucho.