Hacía tiempo que un minuto no daba para tanta prosa, tanta injuria, tanta moralina, tanta desproporción y tanto desenfreno en la violación masiva de la intimidad ajena. Un minuto de Olvido Hormigos satisfecha en su libertad casi nos parece ya un año en el que los ultra sur del twitter y los hooligans  de las demás redes sociales practican su orgasmo de zarandeo sin recato de la víctima con olvido del culpable. A Olvido algunos le hemos cogido cariño porque no se soporta la impudicia de quienes se convierten en jueces severos de la moral mientras ejercen una violencia intolerable, despiadada, injusta y punible desde el anonimato de la cobardía.

Me trae al fresco la intimidad de Olvido. Su manejo íntimo, sus relaciones afectivas, singulares o plurales, forman parte de su esfera privada y nada tienen que ver con el ejercicio de la función pública. Incluso merece comprensión si, vapuleada por la peña inmisericorde, ha tratado de poner freno a la orgía de despropósitos con alguna mentira venial. Comprensión y hasta calor.

Sí, es verdad, han sucedido cosas trascendentes. Rajoy medita si tropezar de nuevo en la misma piedra de retrasar una decisión ineludible por interés partidario. Los mercados escudriñan cada gesto de los mandamases. Pascual Sala duplica la media de los viajes internacionales de sus predecesores en el Constitucional. El señor y la señora Adelson optan por Madrid para sus casinos, aunque no sabemos quién pone el setenta por ciento de la pasta. Estaremos vigilantes para que la necesidad de trabajo y dinero no conlleve privilegios fiscales y laborales de los promotores. Rubalcaba no consigue pacificar el patio socialista. Monago le canta las cuarenta a Rajoy en público. Cospedal gana adeptos con su propuesta de quitarle el sueldo a la casta…

Pero lo caro que le ha salido a Olvido lo suyo, que es sólo suyo, resulta un síntoma, y muy malo, de cómo se las gastan todavía muchos. Como dijo en su arpón el gran Angel Antonio Herrera, aquí toleramos el trinque, la golfería y el apaño y nos ponemos estupendos en la crítica del gozo privado.

Y el personal se dispara. Y Olvido queda desnuda ante la masa, atropellada en su candidez de pensar que ese minuto de despeine iba a quedar entre ella y quien ella considerara conveniente. Olvido, como todos, tiene derecho a decidir qué miradas, y cuántas, pueden disfrutar observándola a lo suyo. Y tiene derecho a pensar con sus manos, y a soñar, y a  compartir su disfrute con quien le venga en gana. Incluso tiene derecho a crearse sus propios problemas íntimos, como cada quien. No tenemos derecho a juzgarla por ellos. Una sociedad que lapida a la víctima y se regocija en su sufrimiento mientras la injuria es una sociedad enferma. Y si quien se lo monta como quiere es mujer, y guapa, es el acabóse. Así nos luce el pelo.