Pues sí. El alcalde de Marinaleda, paraíso de las subvenciones que el ridículo Sánchez Gordillo nos vende como ejemplo, ocupa portadas y editoriales y aprovecha el tirón para irse de gratis a Benicassim, por supuesto subvencionado también, a largar una charla esta tarde a quien tenga valor para acudir a escuchar al demagogo aforado. Con un par. Y el Gobierno, ellos sabrán por qué, se pone blandiblú con ETA y posibilita la libertad provisional del repugnante etarra Bolinaga sin que éste tipejo cumpla los requisitos legales para acceder a ella, por más que padezca una enfermedad irreversible. El rasero Bolinaga pondría mañana en la calle a muchos presos que no pueden despedirse del mundo liándola como va a hacer el que mantuvo encerrado a Ortega Lara en el zulo para que después Garitano, que entonces trabajaba en Egin, titulara la liberación por la Guardia Civil del secuestrado “Ortega Lara vuelve a la cárcel”, con dos pares.  Y Assange, acusado de abusar de dos mujeres; Correa, presidente de Ecuador, habitual violador y perseguidor de la libertad de expresión y Garzón, condenado por cargarse el derecho de defensa, se montan un circo e imparten lecciones de democracia a Gran Bretaña y Suecia. Con tres pares. Y la izquierda política y mediática sostienen por tierra, mar y aire que un anti abortista no puede ser ponente de la sentencia del Constitucional sobre el aborto, porque para ellos debe serlo un pro abortista. Con cuatro pares.

Pero suceden muchas cosas, cosas de la vida sin condiciones que padece una mayoría de habitantes del planeta, y nosotros a lo nuestro, con prisas por hacer tertulia sobre la cosa, que es siempre la misma, aunque la miremos del revés, cociéndonos en nuestra propia salsa de sistema que se agota.

Han de masacrar en una matanza repulsiva, indecente e innecesaria a decenas de mineros en Marikana (Sudáfrica) para que prestemos atención, poca, a una Sudáfrica en la que el presidente Zuma se quema y donde se reviven los horrores de Soweto o Thokoza. Y ni un editorial he leído. Y ha de morir ahogada en una patera la atleta somalí Samia Yusuf Omar, que nos conmovió en Pekín 2008 en esos 200 metros en los que llegó última pero se ganó el oro de la admiración de todos por su espíritu para que ocupe espacio pintón en los medios que hacemos cada día, con foto vestida de Nike, y nos enteramos ahora que no estuvo en Londres porque antes su madre vendió un terreno para financiar el viaje de su hija a la que deseaba que cumpliera su sueño de vivir lejos de la necesidad y la muerte.

Y nadie habla del doctor César, que salva vidas entre muerte y muerte en Widikum (Camerún), o de las gentes de Chema Caballero en el Tonko Limba (Sierra Leona), o las de Vicente Ferrer en Anantapur (India) y tantos y tantos césares, chemas y vicentes que cada día luchan en silencio, y sonrientes, para que millones de desheredados de la vida, parias de verdad, saquen a sus países de la miseria, que esa es la clave, no la ayuda reparadora de conciencias de salvadores de las esencias de un sistema que ha sido incapaz, sino la ayuda de quienes se empeñan no en dar lecciones sino en posibilitar, primero, que no se mueran, y después, que puedan disponer de la formación que les hemos negado para poder seguir dilapidando, entre otras cosas, la riqueza de ellos.

Nosotros seguimos a lo nuestro. Y así nos va.