Cuando se practicaba la trata de seres humanos negros, esos a los que los tratantes, y muchos otros, consideraban tipejos de segunda, primitivos, desordenados y disolutos, los esclavos se reunían al terminar la jornada para malcomer, charlar, maldecir y cantar al ritmo de instrumentos caseros, en un jolgorio de parias que desesperaba a sus dueños. De ahí prosperó la expresión “merienda de negros”, que ha hecho fortuna para referenciar un quilombo, algo que se va de madre o se dispara sin límite y control.

Ahora no hay esclavos, pero sí parias a granel. Y no hay tratantes de esclavos, pero vivimos una merendola de “negratas” mucho más infame que el horror que nos llega desde “negrolandia”, ese continente al que sólo vamos de turismo solidario o al esquilme a tutiplén. Nadie mejor que Rafael Blasco, el militante del PP, que antes paseó su indigencia moral por el PCE y el PSOE, factótum valenciano al sol que mas calentó su bolsillo infame, para evidenciar la miseria moral o la indecencia urgente de tantos políticos, banqueros, empresarios y adláteres de todo oficio, incluido el periodismo, que nos han llevado a esta estafa masiva. Todos la llamamos crisis, pero a ellos les ha hecho millonarios.

Blasco, junto a un pájaro llamado Augusto César Tauroni, ahora en la trena, se quedaba con el dinero, público, destinado a ayudar a los países más desfavorecidos. Entre ellos, según se les escucha en pinchazos telefónicos autorizados, hablaban de los países pobres como “negrolandia” y pactaban darle “prioridad a lo nuestro antes que a lo de los negratas”. Ni en esa maravillosa “negrolandia” a la que tangaban, basurero del primer mundo, cabe tanta miseria.

Esta merendola de negratas en la que unos cuantos se repartían los consejos de administración, en la que, de momento, lo único negro es la pastuqui que tantos han robado, no puede terminar como si nada, con presuntos inocentes que al final se libran o, en caso de condena,  pillan indulto de viernes a media luz en La Moncloa. Esta merendola de delincuentes de cuello blanco no puede salir gratis. Hay que llegar hasta el final, que cada quien pague su culpa y, sin más engaño ni estafa, articular otro sistema sin burbuja en el que no quepa ni un Blasco más. Y que todos devuelvan lo que han robado.

Y ahora que para ahorrar les suben el menú a los funcionarios de prisiones y les quitan la merendola a los presos, que ocupen su localidad en los talegos más próximos todos los responsables de esta tribu frenética del trinque. Eso sí, que cada día les den su merendola antes de salir al patio. Merendola que no les falte. Que se la coman toda en esa negrolandia suya en la que no hay negros, en la que sólo asoman cuellos blancos de consejo de administración de la miseria. Los cuellos blancos que nos han preparado esta gran depresión de la moral y la ejemplaridad de la que hemos de salir nosotros. Porque ellos no nos van a sacar. Ni un Blasco más soporta el personal.