“No tengo libertad para elegir”. Al pronunciar esta frase en el Congreso, Mariano Rajoy hizo una confesión de incapacidad que se fortalece y acrecienta con el análisis de los desesperantes vaivenes del Gobierno que preside, con la mediocridad de los segundos niveles de la Administración, con la preocupante huida del presidente de la sede de la soberanía nacional y con la reiterada negativa a afrontar el problema en su tuétano, que es, como todo el mundo sabe, el disparatado y ruinoso Estado de las Autonomías, con miles de entes públicos y empresas inútiles a las que hay que liquidar con urgencia.

Los ciudadanos eligieron a Rajoy por mayoría absoluta hace ocho meses. Si el siente que carece de libertad para elegir debe irse. Tiene libertad, legitimidad y capacidad jurídica para hacer muchas cosas. Por ahora, contraviniendo el contrato que estableció con los ciudadanos a través de su programa electoral, ha tenido libertad para no dejar una página del mismo en su sitio y adoptar decisiones que no han resuelto casi nada. Tiene libertad, legitimidad y capacidad jurídica para, antes de que nos intervengan, demostrar un coraje que algunos le suponían para de una vez por todas hincarle el diente al grueso del problema, pero para ello ha de saber lo que debe hacer, debe querer hacerlo y tiene que acreditar un sentido de Estado más que mejorable.

En vez de desayunar con los colegas mediáticos del botafumeiro, que saque a relucir esa independencia de la que presume, pero no frente a los medios o los popes de las empresas del Ibex 35, sino frente a los aparatos de su partido y de los otros, que tienen buena parte de la responsabilidad de habernos endeudado hasta las trancas para mantenerse ellos en el machito a base de colocarse a sí mismos y enchufar a los amiguetes.

Me he molestado en salir a la calle estos días a  ver y escuchar a ríos de ciudadanos de todos los colores, muchos de ellos votantes del PP, que están hastiados de la cosa. No eran riadas de sectarios partidistas, eran ciudadanos normales, la España real, que no está por la labor de tragar. Debiera el presidente salir de su castillo monclovita, escuchar a los críticos leales al Estado y no a los profesionales de la lisonja, darse un baño de realidad. Hay vida más allá de los partidos, el Ibex 35, los sindicatos y la patronal. Y es la vida misma, es gente corriente cansada de trágalas.

El presidente tiene libertad para tomar decisiones. Lo que no le queda es mucho tiempo para hacerlo. Solo falta saber si, además de libertad, va a tener coraje para rehacer un Estado que no sirve y tirar para adelante, solo o en compañía de otros, y tomar las decisiones que todo el mundo sabe que hay que adoptar. Y si no, que se vaya antes de que un hombre de negro, de gris o de morado penitente le ponga de patitas en la calle y nos deje más tiesos de lo que estamos. Lo demás son monsergas.