Recortes. Recortes. Recortes. Y más recortes. Y siempre aseteando a los mismos. Los Estados miembros de la Unión Europea sometidos a la dictadura de una pléyade de dirigentes, buena parte de ellos elegidos entre ellos mismos, y a un ejército de funcionarios que conforman un descomunal aparato burocrático en el que la austeridad, el rigor y la disciplina que nos exigen a los demás no existe para ellos. ¿Cuándo le metemos manos a este mastodonte desbocado, insaciable cuando mira hacia fuera e incapaz de aplicarse el cuento en casa?

El repaso a las cifras acongoja. Un informe del think tank Open Europe le atiza duro al incremento de los gastos: los del Parlamento Europeo crecieron un 36% los últimos 6 años. Los salarios y complementos de los eurodiputados nos cuestan al año 190 millones de euros, a los que hay que añadir pensiones y otros “pagos transitorios”. La Comisión alberga 33.000 empleados y gasta cerca de 3.500 millones de euros en su administración, y pagamos 63 millones de euros por una sede de la Eurocámara que permanece desocupada más de 300 días de los 365 que conforman un año.

El Presupuesto comunitario está en cerca de 140 millones anuales. La política agraria común se lleva 59, los fondos estructurales 53, las ayudas europeas 7 y las instituciones y la administración 11.

Los salarios son de lujo. Un eurodiputado gana 96.000 euros al año, más una dieta diaria de 304 euros por trabajar como desplazados fuera de sus países, más 4.300 euros al mes para cubrir gastos de oficina que no han de justificar. El sueldo más bajo de un funcionario es de 32.000 euros y el más alto puede llegar a los 230.000.

A la vista de estas cifras, parece más que legítima la duda razonable. ¿Es sensato no aplicar los mismos criterios restrictivos al gasto público en la administración de unas instituciones comunitarias que no han sido capaces de evitar ninguno de los grandes problemas que nos asolan? ¿Es de recibo que no se proceda inmediatamente a suministrar la misma medicina de tijera radical a una estructura burocrática que ha sido incapaz de hacer realidad la Europa que soñaron Adenauer, Schuman, Monnet, De Gasperi, Madariaga, van Schendel y tantos otros políticos de categoría, ideologías al margen? Merkel, Monti, Barroso, Hollande, Rajoy y compañía no les aguantarían dos asaltos en solvencia intelectual y fuste político.

Padecemos una Europa inacabada, aquejada de todas las dolencias propias de unos tiempos modernos a la deriva de la especulación y la banalidad, preocupantemente alejada de esa idea tradicional de la solidaridad de la razón, la fraternidad entre los pueblos, la libertad y el sacrificio, y los principios, en fin, que han permitido dar un paso decisivo en los grandes momentos de la historia. Un sueño ancien  que nunca se ha hecho realidad.

Hace falta conocimiento, formación, sensatez, talento, coraje, valentía y sentido del deber. No es continente para viejos modernos de la política que todo lo fían al dictado de los mercados.