Es ya mucho tiempo. Se hace difícilmente soportable en la política española la ausencia de ejemplaridad. Es ya demasiado tiempo. Me refiero al proceder de unos cuantos de quienes conforman los partidos; de quienes han sido elegidos para representarnos en las Cámaras, ejerciendo la función pública; de quienes viven de salarios con cargo al erario público; de quienes encarnan a las instituciones esenciales en un Estado de Derecho, políticas y financieras; y de algunos altos ejecutivos que han practicado la ingeniería contable delictiva aunque nos los han presentado como empresarios de primera. Ejemplaridad, sí, en el sentido de dar buen ejemplo digno de ser propuesto por dechado, algo tan necesario y tan exigible, para que el sistema funcione. No nos sobran comportamientos que podamos calificar como modelos de conducta. Más bien, lo contrario.

De la crisis económica saldremos, con muchos sacrificios, antes o después. Con rescate o sin rescate. De la crisis moral, que es una de las causas de todas las demás, parece más difícil la salida. A veces, incluso imposible. ¿Quién nos rescate de este déficit?

Corresponde al Gobierno, a los diputados, a los partidos y a los más relevantes cargos institucionales ,ponerse manos a la obra para remediar esta crisis. El primer paso, antes que legislar, es imponer un código de conducta que no admita una mínima desviación, a través de la autoritas . Conseguido esto,  toda desviación debiera tener, de inmediato efecto, su denuncia pública, su crítica sin paliativos, y sus consecuencias políticas y penales.

No es de recibo el cúmulo de gente moralmente desahogada, que ha campado a sus anchas por España, amparada en las siglas de los partidos o de instituciones y empresas aparentemente respetables que, además de llevarse, ellos o sus amigos, un buen pellizco de dinero público para  su disfrute, han acreditado una insuperable incapacidad en la gestión. Estos enemigos de  la ejemplaridad nos han llevado al borde de una ruina que vamos a pagar, por supuesto, las víctimas de sus desmanes: los ciudadanos.

La corrupción que padecemos en España es generalizada, es decir, pública y común, y en algunas Comunidades Autónomas incluso es universalizada, o sea, muy generalizada. Es, como escribió aquí el maestro Martín Ferrand, una epidemia que exige tratamiento de choque, porque la realidad resulta peor que la apariencia.

Recuerdo mucho el diálogo de “El sueño eterno” entre la taxista y Bogart. Dice ella:- Si me necesita otra vez llámame a este número.

Y él pregunta:.- ¿De noche o de día?

Y ella remacha: De noche mejor, de día estoy trabajando.

Y cada vez que lo hago concluyo que a veces pareciera que algunos han trabajado con denuedo y avaricia insoportable para conseguir que tantos no puedan ya trabajar ni de día ni de noche, que tener trabajo sea una ficción de extraterrestres.