La tasa de paro en el 24,4% (51% de paro juvenil, 1,7% de hogares con todos sus miembros desempleados, 4 de cada 10 parados sin cobrar subsidio); la deuda disparada; la renta familiar tiritando por el paro, la subida de los impuestos y la inflación; las exportaciones bajo mínimos; el consumo privado por el subsuelo como no puede ser de otro modo; el precio de las viviendas en caída libre; activos más que deteriorados; una morosidad brutal; las empresas del IBEX perdiendo valor; el déficit del Estado en el primer trimestre en el 1,85% del PIB; Ayuntamientos y Comunidades Autónomas con el agua al cuello; la banca, en especial las Cajas, pésimamente gestionada, requiriendo un volumen bestial de dinero para salvarles, pendiente de que manu militari se las embride desde el Gobierno, y recibiendo inyecciones del dinero de todos. ¿Por qué llamarle recesión si todos sabemos que es una depresión de primera, una crisis económica de primer orden acumulativa, prolongada en el tiempo y de una profundidad desconocida por varias generaciones? Y si no les gusta el término depresión, si quieren, podemos llamarlo quiebra.

Esto es lo que hay, y si el estallido social no se produce, si no nos revientan masivamente en el rostro los casos de hambre, sí, de hambre, en la calle no es gracias a los sindicatos o al PSOE y la IU que se manifiestan el día del trabajo, sino al esfuerzo ímprobo de los voluntarios organizados en torno a entidades religiosas o no gubernamentales, muy especialmente Cáritas, que cada día dan de comer y cenar a miles de españoles que están ya por debajo del umbral de la pobreza.

Esto es lo que tenemos, esto es lo que hay, o mejor, lo que no hay. Y mientras, la oposición, responsable en buena parte de la cosa, ejerce una irresponsable huida a no se sabe donde, y el Gobierno sigue con su plan de recortes que nos desgranan cada viernes Soraya, Guindos y Montoro.

Rajoy hace lo que debe, que no es otra cosa que una mezcla entre lo que quiere, lo que puede y los que le viene impuesto desde Berlín y Bruselas.

Pero los ciudadanos tenemos derecho a que, más allá de la fe, que muchos hemos perdido en los políticos hace tiempo, el presidente nos explique de una vez y con detalle, de forma prolija, sin rodeos, a donde nos lleva y por que senda pretende acercarnos al final del camino. Somos ciudadanos, no súbditos. Y no sirve que él sepa lo que quiere, si lo sabe. Después de tanto incumplimiento, tenemos razones para dudar y desconfiar. Sobre todo si quien tiene el mando de la nave practica el modelo silente en un momento excepcional que requiere reformas y tijera, quizá incluso mayores de las que está aplicando el presidente, pero también liderazgo, claridad, transparencia, democracia y un proyecto compartido con quienes, no lo olvidemos, pagamos la fiesta. O sea, los de siempre.

PS: Corrección de datos: el porcentaje de hogares con todos sus miembros en paro es de 24,7, error al teclear. Un experto me comenta que las exportaciones están en máximos sobre el PIB, pues hemos pasado de un -5,8 a -0,5, y mejorando. Si que es posible que sea nuestra única esperanza.