Aunque en ocasiones no lo parezca, Mariano Rajoy existe. Lleva cuatro meses al frente del Gobierno. Ha tomado muchas decisiones, incluso en mi opinión muchas de ellas, además de inevitables, atinadas. Pero me da la impresión, y en ello coincido con más de un miembro del Gobierno y de su partido, aunque ellos no se atrevan a decirlo en público, que algún error de fuste ha cometido ya.

Porque cuando se incumplen varios compromisos electorales en materias de primer orden, es obligado, además de tácticamente adecuado, dar la cara, asumir el liderazgo y explicarle a los ciudadanos con detalle los motivos que le han llevado a actuar de ese modo, con que fin y si aún va a tener que seguir aplicando una política que no es la que llevó a una mayoría absoluta de los españoles a confiar en el.

No se trata, como pretende hacer ver este PSOE  de frágil memoria y nula autoridad moral para la crítica de ahora, de que Rajoy sea un mentiroso compulsivo. Se trata de que ejerza su responsabilidad, más aún cuando por decisión propia renunció a designar un vicepresidente económico y asumió él la responsabilidad en la materia. No puede refugiarse en sus ministros, a alguno de los cuales está abrasando, ante la catarata de recortes en materias que había prometido no tocar. Ni en la herencia, sí, nefasta, recibida.

Como remate, se ha amparado en una expresión que no es verdadera: “No hay dinero”. Sí hay dinero, lo que sucede es que buena parte del dinero que sí hay se emplea de modo inadecuado tanto en el ámbito de la Administración central como en el de las diecisiete Comunidades Autónomas a las que no se atreve a meter mano de verdad.

Todos sabemos que la crisis no es consecuencia de una repentina pobreza universal que nos haya caído cual maldición, sino, entre otras cosas, de un despilfarro del dinero de todos ejecutado por quienes fueron elegidos por los ciudadanos para gestionar la cosa pública: los políticos. Sí hay dinero, pero cada Gobierno decide en qué y como gastarlo, donde meter la tijera y donde no hacerlo. Y estamos como estamos.

Padecemos un problema político, de liderazgo y de ejercicio de la responsabilidad, en la oposición y en el Gobierno. Tenemos derecho a que Rajoy, que es quien decide, nos explique a donde quiere llevarnos en estos momentos de turbulencias, dudas y desconfianza, también hacia Europa y los mercados.

Rajoy existe, manda, decide y está en deuda, él, con los españoles. Se le pasa el tiempo y será legítimo que muchos piensen que les ha engañado, lo cual sería malo para España y pésimo para él. Rajoy, además, debe ser consciente de que o se manifiesta o cada día más se le van a manifestar a el en contra de unas medidas que, seguro, muchas de ellas son necesarias, incluso imprescindibles, pero que constituyen un sacrificio extremo para los de siempre, y que afectan menos, también, a los de siempre. Y no era eso, presidente, no era eso. Ya no valen sus silencios.