Los secretos es lo que tienen, que es imposible gestionarlos bien y al final se lía. Alguien poco avezado del entorno de Su Majestad quiso evitar que se supiera del viaje a Botsuana y dio pie a un safari que no era el deseado. A estas alturas de la polémica, es evidente que el Rey cometió un error, grave, en momento además realmente inoportuno, por el que se le ha criticado. Unos, con la lealtad debida. Otros, con el oportunismo que les caracteriza.

Convendría que Spottorno, Ayuso et al estuvieran en el futuro, el inmediato y el otro, más diligentes, sensatos y certeros, que es lo que se espera de quienes tienen la función de conformar un cinturón, no precisamente de hierro, en el entorno de Su Majestad que le ayude a acertar, no a equivocarse. Ahí es esencial, también, saberse bien las diferencias entre lo que es la lealtad, imprescindible, y lo que es el servilismo cortesano, tan nefasto.

No estaría de más que el Gobierno, más allá de cómo y cuándo supo del viaje inoportuno, se esmerara en que el cumplimiento del artículo 64 de la Constitución, que tiene su aquel, se produzca adecuadamente, sin tensiones, sin negativas inacatables y con adecuación al sentido común y las obligaciones institucionales de todos.

Consumado el error, consta que el Rey, que lee todo y no deja de estar a la escucha radiofónica, es consciente del cabreo que ha provocado en una inmensa mayoría del personal de a pie. Y a partir de ahí, estudia una respuesta adecuada a la polvareda que ha levantado el resbalón. La escucharemos con el respeto, la atención, la confianza y el espíritu crítico debidos.

A quienes, aprovechando que el río Cuando pasa por Botsuana pretenden poner en cuestión la forma de Estado y abrir un debate revisionista de la Monarquía bien les vendría una tila. Tan respetable es quien defiende una Monarquía como quien se siente republicano. Pero nadie con la cabeza encima de los hombros puede considerar sensato, hoy, en España, con nuestra historia pasada y reciente tan a mano, abrir ese debate.

Y en esto, el lunes aparece la Reina Doña Sofía, imponente, sobrada de dignidad y talento. Me parece admirable el coraje, la inteligencia y el sentido del deber que acredita esta mujer, que nunca resbala, pese a que las circunstancias de su vida le han colocado una y otra vez en situación difícil. Siempre ha demostrado conocer sus obligaciones como nadie. Nunca falla. Con su dignidad formidable, demostrada cada día y simbolizada como nunca en las lágrimas que vertió ante el féretro de Don Juan III, creo que es quien más ha hecho por la Institución en muchos años. Y me alegra saber lo bien presente que tiene su hijo, el Príncipe heredero, el ejemplo de su madre. Una garantía para la Monarquía constitucional. No hay duda.