(A Jaime Miralles, mi padre, con amor y respeto)

El próximo mes de junio se cumplen 50 años del denominado “Contubernio de Múnich”, el IV Congreso Internacional del Movimiento Europeo al que acudieron más de cien españoles de todas las profesiones, edades, condición social e ideas políticas unidos por el deseo de “sacar a España de su actual inmovilismo y encontrar una solución de futuro, segura y ordenada, que sea punto de partida para nuestra convivencia con el resto de países libres del mundo occidental”.

 La reacción del Gobierno del dictador general Franco fue tiránica, cruel, injusta y ofensiva. Suspendió la vigencia del art.14 del Fuero de los Españoles y los delegados españoles en el Congreso, al regresar a España, fueron invitados a exiliarse. Los que no aceptaron fueron deportados a una isla canaria o, tras privarles de su pasaporte, se les postergó laboralmente tras imponerles sanciones administrativas.

En Fuerteventura pasaron un año Fernando Álvarez de Miranda, Joaquín Satrústegui, Jesús Barros de Lis y Jaime Miralles. En Hierro estuvieron Iñigo Cavero y José Luis Ruiz Navarro; en La Gomera Alfonso Prieto; En Lanzarote Félix Pons y Joan Casals. Entre los que optaron por marcharse o quedarse  fuera de España, José María Gil Robles, Dionisio Ridruejo, Jesús Prados Arrarte, Fernando Baeza, José Suárez Carreño, Isidro Infante, Enrique Ruiz García, Carmelo Cembrero, Pablo Martí Zaro, Vicente Ventura y José Vidal-Beneyto.

Los periódicos españoles, en alguno de los cuales llegó a pedirse “horca para los traidores”, fueron obligados a publicar el 10 de junio una crónica de Efe, que no había enviado a nadie a Múnich, que tergiversaba lo allí ocurrido y calificaba el encuentro de demócratas de todos los partidos, del interior y del exterior, de “contubernio de la traición a España”.

El Congreso de Múnich, al que asistieron socialistas, algún comunista, liberales, democristianos, monárquicos, republicanos, todos ellos demócratas convencidos decididos a superar viejas contiendas para vivir en paz y en democracia, fue, como dijo Madariaga, “singular y preclaro. La guerra civil que comenzó en España el 18 de julio de 1936…terminó en Múnich el 6 de junio de 1962”.

Si hoy vivimos en democracia se lo debemos en buena parte a estos españoles que acudieron a Múnich, un ejemplo, un espejo en el que podrían mirarse nuestros políticos de hoy para aprender ejemplaridad. Debieran conmemorar ese “contubernio”v, para homenajear a quienes lo protagonizaron, aprender de ellos y comprometerse con la regeneración de nuestra democracia.

A veces, rememoro el “Contubernio”, vivencias intensas de estos tipos de primera, demócratas con convicciones firmes irrenunciables, y no puedo evitar recordar el aldabonazo de Ortega: “No es esto, no es esto”.