Amigos de presos de ETA acaban de renovar su compromiso con el ideario terrorista al visitar a propietarios de bares, comercios y empresas de Elorrio (Vizcaya). Les entregan una carta de extorsión pura, apócrifa, que supuestamente tiene como fin sortear un viaje para a través de la rifa recaudar fondos, de modo “voluntario”, para ayudar a las familias de presos etarras. Este mensaje navideño del horror es entregado por Adur Arístegui, etarra en libertad condicional a la espera de juicio que saltó a la fama cuando, tras ser detenido, trascendió una foto suya en la red social Facebook ataviado con la camiseta de la selección española.

Otros años este ritual navideño era envuelto por los cachorros de los asesinos en el sorteo de un coche. Los proetarras anunciaban la rifa del vehículo, recaudaban el impuesto a los temerosos ciudadanos y, una vez que el dinero estaba en el saco de los asesinos y sus secuaces, nadie volvía a saber nada del coche, ni de la rifa. Claro que todos los que pagaban conocían de antemano quien era el ganador de esta suerte de ruleta macabra.

Dejó escrito Cervantes que la figura de la muerte, en cualquier traje que venga, es espantosa. Para ETA la vida y la muerte caben en una misma frase. Lo único que da sentido a ETA son la muerte, la amenaza y la extorsión, eso lo que les motiva y les apresura a cumplir su misión. Es el camino para justificar su existencia en el tránsito a un infierno independiente en el que la vida no vale nada.

ETA ha convertido el País Vasco en la sede de la desolación. Lo denomines como lo denomines, el infierno es el infierno. Y ETA es peor que el infierno, porque es un infierno conocido al que te trasladan ellos quieras o no quieras. No hay opción. Así son las cosas.

Para algunos, me temo que más de los que pensamos, este episodio es menor. Tras publicarlo ayer en ABC, hubo quien me llamó para decirme que no era para tanto, que esto son asuntos menores, que las cosas van bien, que los asesinos ya no matan, que estamos en el camino correcto, que no seamos aguafiestas.

No soy partidario de ceder ante ningún chantaje. Se empieza considerando la extorsión una chiquillada y se termina pensando que un asesinato es una gamberrada mayor que merece una comprensión porque detrás de quien empuña la pistola y revienta la cabeza de un inocente hay una bandera, y detrás de la bandera una causa que todo lo justifica. Y no. Contra el terror no caben medias tintas. Hay que combatirlo, desde la más estricta legalidad, sin complejo alguno. Pero hasta el final.

Este “Sorteo Solidario De Navidad” no tiene un pase. Es la lotería de la muerte que siempre le toca a los mismos. No le pongamos cara de inocencia a la culpabilidad. Las campanadas, en estos pueblos donde sigue imperando el miedo, suenan a disparos en una noche ciega de luna.