Gestionar victorias adecuadamente es con frecuencia más complicado que digerir fracasos. Percibo en Mariano Rajoy y en los más cualificados dirigentes del PP una serenidad necesaria. Rajoy es el doctor al que hemos elegido los españoles para curar una enfermedad gravísima y es bueno que los políticos, en circunstancias como las que vivimos y padecemos, tengan en corazón en la cabeza. Esos son los hombres de Estado, que, además, son capaces de encontrar una salida en el callejón que parece no tenerla. Pero estaremos vigilantes, que ya se sabe que no hay nada mejor para conocer a un hombre que investirle de un gran poder. Y en esas estamos.

El PP lo primero que debiera hacer internamente es analizar correctamente el resultado de las elecciones. Hay algunas cosas evidentes que encuentra cualquiera que escudriñe los datos. El PSOE ha perdido 4.315.455 votos respecto al 2008. El PP ha ganado respecto a los anteriores comicios 552.683. Primera conclusión evidente, sin contar a los votantes que se han incorporado al censo y sin restarle méritos a Rajoy y su compaña: hoy más que nunca es válido aquello de que las elecciones las pierden los Gobiernos.

Analizando todas las circunscripciones electorales, los grandes beneficiados de la debacle rubalcabesca son UPyD e IU, y en menor medida CiU. Los populares donde han aprovechado más el hundimiento del PSOE es en Andalucía y Cataluña, y donde menos votos PSOE han sido capaces de capturar es en Madrid.

Al PP le está costando incorporar votantes, y debiera reflexionar sobre ello, porque supone que algo no están haciendo bien en la calle Génova. Es cierto que no perder es muchas veces ganar, pero en política o renueva uno sus mensajes y construye un discurso teórico atractivo transversalmente a las ideologías del Siglo XXI o el sufrimiento está garantizado.

Y más aún cuando ahora es Rajoy quien va a presidir un Gobierno al que la izquierda rancia y caduca va a recibir de uñas, con tensión en la calle que ya veremos donde desemboca y con una contestación real que nada va a tener que ver con la comodidad que va a disfrutar en el Congreso.

Las mayorías absolutas tienen varios peligros no menos absolutos. El mayor de ellos, el efecto narcotizante y enloquecedor que tienen en quien las disfruta. El PP ya lo ha vivido.

Rajoy tiene la legitimidad de la mayoría, que ha votado, además, conociendo la política que empezó a aplicar tras las autonómicas en las Comunidades donde ganaron, como Castilla La Mancha y Extremadura. Nadie podrá reprocharle los ajustes que vienen. Excepto que su discurso de campaña y su programa fueran mentira. Pero esa sería otra historia.