El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se presentó en su último Debate sobre el estado de la Nación como quien pasea en la soledad de su crepúsculo, esperando que caiga la noche, y nos hizo un guiño que no sabemos si fue luz de gas, pero que ha disparado la rumorología masiva sobre la inminencia de un anuncio de final de legislatura. No creo que fuera un lapsus linguae. Cuando se despidió de la Cámara y de su grupo parlamentario me malicio que quiso dar una pista respecto a que le va a resultar imposible hacer realidad su deseo de agotar su mandato y llegar hasta marzo de 2012. Ni una sola vez, y oportunidades le sobraron para ello, adquirió un compromiso, como ha hecho tantas veces, de no disolver las cámaras. Todo suena a despedida, porque si tuviera claro que va a aguantar esos ocho, nueve o diez meses, en ellos tendría que comparecer en muchas ocasiones en el Parlamento en sesiones de control, debates, plenos… y por ello no tendría sentido alguno la ceremonia del adiós que ofició en el Congreso si no tuviera claro que sus deseos no van a poder convertirse en realidad.

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No es fácil obtener información, no opinión, información respecto a lo que este hombre, que corre el riesgo de terminar convertido en un patético vendedor de chécheres, va a decidir respecto al final de este calvario. Yo no he hablado personalmente con el presidente, pero si lo he hecho en los últimos tres días con dos personas que trabajan en el entorno monclovita y que han trabajado en el suministro de datos para la elaboración de su discurso del martes. Ambos coinciden en que el presidente “sigue teniendo el deseo de agotar la legislatura, pero las circunstancias, los mercados y el partido no le van a dejar. Está en el final del camino y el lo sabe, aunque aquí sigue diciendo que no hagamos caso a los rumores y que trabajemos teniendo claro que nos quedan diez meses”.

A Rodríguez Zapatero,  sólo le queda una ventaja, la que siempre tiene el presidente, que es la administración de los tiempos, especialidad que a lo largo de los años es verdad que no se ha manejado mal del todo. Pero ahora, la realidad que vive en el seno del Ejecutivo y del partido es bien diferente. Sonaron más que sinceras las palabras de Rajoy, acompañadas de sus gestos mientras las pronunciaba: “Yo no tengo ninguna prisa por que convoque elecciones, la prisa la tienen todos los españoles”. Como la tiene su sucesor digital, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien tiene más que claro que cuanto más tarde el presidente en dar el paso menos posibilidades tiene el de escapar de la responsabilidad que le corresponde en los males que nos aquejan.

El ministro de Industria, Miguel Sebastián, le hizo, entre sonrisas y con gesto de intriga, una confidencia a un dirigente del Partido Popular el pasado lunes: “en el Gobierno solo un ministro apoya al presidente en su terquedad de agotar la legislatura”. Es cierto que Sebastián arrastraba un cabreo sordo del último Consejo de Ministros, donde hubo tensión a costa de diversos asuntos, en especial el regreso al límite de velocidad a los 120 kilómetros por hora. El comentario se difundió por la planta séptima de Génova. Varios dirigentes populares trataron de confirmar el dato por diferentes medios. Y del entorno más que cercano de otros dos ministros, Cristina Garmendia y Gabilondo, obtuvieron la certificación: “si, está solo, en el Ejecutivo y en el partido. Y es verdad, en el Gobierno sólo uno, y sin entusiasmo, le apoya en su incomprensible interés en agotar la legislatura, pero no va a poder”.

Hay dudas respecto a si el presidente actúa crasamente o se trata de un inconsciente. No las hay a estas alturas respecto a que las circunstancias van a poder con su deseo y el debate es ya sobre la fecha (mucha gente habla del domingo 27 de noviembre como día de las elecciones) en que se celebrarán las próximas generales. El presidente, según me cuentan esas dos personas de Moncloa, confía aún, mínimamente, en dos variables improbables: que se produzcan un crecimiento económico y una reactivación que posibiliten maquillar junto a la estacionalidad favorable los datos del desempleo y que ETA anuncie su final. Rodríguez Zapatero en persona ha movido muchos hilos para que la San Sebastián de Bildu y ETA haya sido designada capital europea de la cultura, elección que ha generado asombro e indignación a partes iguales. Porque no olvidemos que esa elección supone un formidable instrumento para desarrollar planes, actos e infraestructuras que caen en manos de Bildu, que va a disponer una formidable maquinaria de propaganda y que va a utilizar esa capitalidad europea para legitimar un discurso victimista y que falsea la historia en la misma medida que ofende a las víctimas y a cualquier demócrata.

Y a todas estas claves que apuntan a un más que probable adelanto de las elecciones hemos de sumar que en dos días de debate en el Congreso el presidente no ha propuesto nada que justifique su histórico deseo de agotar la legislatura para, en un acto de generosa inmolación por España, a quien también ha expresado su “profundo respeto”, rematar las reformas imprescindibles del sistema financiero, laboral  y económico para salir del agujero.

Así están las cosas. Rodríguez Zapatero es un presidente en despedida permanente, se ha despedido del partido, se ha despedido del Congreso, se ha despedido de su grupo parlamentario, se despide de nuevo del partido el día 9 de julio, se despide, se despide, se despide……pero no se va. Sus ministros no le apoyan. En su partido ya no le quieren y todas las miradas y todos los esfuerzos de centran en Pérez Rubalcaba, “call me Alfredo“. Ha puesto en marcha una “agencia de colocación” nacional e internacional de ex altos cargos y amigos, y ha ido a fallar en el caso que más interés había puesto, el de Moratinos. Las cosas ya no son como eran. Como me dice un alto cargo socialista con despacho en Ferraz: “O se despide de verdad y se va o le despedirán y le echaran, y creo que le resta talento para no comprometer más su legado”

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