Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I está cabreado con la prensa, o al menos con una parte de la prensa, a cuenta de que, en su opinión, “lo que os gusta es matarme y ponerme un pino en la tripa todos los días en la prensa, eso es lo que hacéis”. Está realmente cabreado. Aunque después de afirmarlo rotundamente con los colegas que habitualmente cubren la información de la Casa Real, consciente de que había metido la pata, trató de arreglarlo mostrándose más afable y menos arisco. Veamos.

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Me ha sorprendido de verdad la reacción de Don Juan Carlos. Todos sabemos que es un hombre de prontos, como su padre, Don Juan, cuyos movimientos atisba uno cada día más en su hijo. Pero el martes su estilo habitualmente campechano y cercano con los periodistas y con los ciudadanos en general desapareció, y vimos a un Rey, además de ojeroso, real, seriamente molesto y enfadado. Como no responde a la verdad que las especulaciones sobre su salud sean tan cotidianas como él dice, me temo que su malestar obedece a otras causas, que probablemente no sean ajenas a la situación de crisis política, institucional y económica que atraviesan España, el Gobierno y el PSOE, y se ha desahogado con el primero que pasaba por Palacio. No le faltan motivos para el cabreo, pero se ha equivocado de lugar y de destinatario en la expresión del mismo.

Nada peor ante un Rey que los cortesanos. A un rey hay que serle leal, y la lealtad pasa por decir siempre lo que se piensa. Y como se sirve en la Casa Real adecuadamente a Su Majestad es con transparencia, y no con silencios que generan equívocos. No me cabe duda, después de hablar con personas muy próximas al Rey, que su salud ni es tan mala como algunos puedan decir o pensar ni probablemente tan buena como te cuenta su entorno. El rostro de Don Juan Carlos es perfectamente mejorable. Pero tras el mutismo oficial habitual hay un mal servicio a la causa. Más de una vez hemos echado de menos información real y nos han sobrado filtraciones interesadas poco cercanas a la verdad.

“DE CABEZA ESTA IGUAL DE BIEN QUE SIEMPRE”

Don Juan Carlos tiene una edad, 73 años, en la que los achaques son más que normales. Fue operado de un nódulo pulmonar en mayo del año pasado. Padece fuertes dolores en las articulaciones, lo pasa mal cuando ha de estar mucho tempo en pie como consecuencia de los muchos accidentes deportivos que ha tenido, tiene una cadera delicada, va a ser operado de la rodilla… Su entorno y todos los que le tratan habitualmente garantizan que “de cabeza está igual de bien que siempre”, y no hay por qué pensar lo contrario. Pretender que la gente, y los medios, no quieran conocer el detalle de su estado de salud es imposible. Nos afecta a todos y tenemos derecho a saberlo. Dicho eso, mal están las especulaciones sin fundamento y las informaciones que no se ajustan a la realidad, pero es evidente, se pongan como se pongan el Rey y su entorno, que son minoritarias.

Lo que sucede es que, afortunadamente, de un tiempo a esta parte ha dejado de funcionar ese pacto no escrito en los medios de que sobre el Rey y su familia no se escribe, impropio de una democracia seria. El Rey, con todo el respeto que merecen el y la Institución, debe estar sometido al ojo crítico de los ciudadanos y los medios. Sus actividades y sus relaciones deben ser objeto del escrutinio de la opinión pública. Y los medios deben informar de todo aquello que tenga relación con la Casa Real y con Su Majestad que sea de interés de la opinión pública, siendo fieles a la verdad. Como sucede en todos los países democráticos. Aunque a veces lo que se publique pueda no ser de su agrado o disguste a quienes forman su círculo de hierro. Esas son las reglas de la democracia, en la que todos podemos acertar, equivocarnos o incluso excedernos a veces, los políticos, los empresarios, los periodistas…. cualquiera, hasta su Majestad. Del Rey abajo, todos iguales.

Y bien harían los medios en hacerse eco y abrir el debate de la sucesión, que está en la calle, en la Casa Real y en todos los cenáculos. Es perfectamente compatible con la buena salud del monarca plantear la posibilidad de que en plenas facultades pueda abdicar, es decir, renunciar, en beneficio del sucesor, el Príncipe Felipe. Muchos, monárquicos o no, creen, en uso de su derecho, que una renuncia no sólo no sería una muestra de debilidad, sino que reforzaría a la Institución. De hecho, es evidente para cualquiera que le haya escuchado, y el mismo lo ha dicho públicamente, que el Príncipe de Asturias está “preparado para reinar”. A todo el mundo le pareció bien que Don Felipe fuera asumiendo responsabilidades y presencia ¿Por qué hay quien considera una deslealtad debatir sobre ello? ¿No va a llegar un día en que va a suceder? ¿No es respetable que haya quien considere que podría ser acertado?. No estoy diciendo que yo crea que  Don Juan Carlos deba renunciar ya. Pero si digo que la Institución, las instituciones y los ciudadanos deben estar preparados para ello, y que el debate contribuirá a hacer normal un proceso sucesorio que está tasado en la Constitución. El silencio, la opacidad informativa, el secretismo y los cortesanos son los principales enemigos del Rey. La transparencia, la verdad, las puertas abiertas y los que opinan libremente y expresan su opinión sincera son los mejores aliados que puede tener. Realmente.

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