Advertía con tino el otro día Amando de Miguel de su asombro por cómo está haciendo fortuna en muchos comentaristas la comparación del superministro y candidato Alfredo Pérez Rubalcaba con Joseph Fouché, duque de Otranto, “el genio tenebroso” que le llamó Stefan Zweig en una biografía magistral. No me parece a mí tampoco afortunada la comparación, que es empleada no sólo por los articulistas y tertulianos que con ella censuran al último delfín de José Luis Rodríguez Zapatero, sino también por buena parte del equipo que conforma el entorno más cercano del todavía presidente nominal del Ejecutivo.

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Fouché, ex seminarista, sirvió a diferentes causas ideológicas, porque tenía una sola ideología al servicio de sí mismo, de su ambición desmedida. Rubalcaba, con todos sus defectos, ha estado siempre en el PSOE, no ha renunciado al partido en el que ha desarrollado toda su carrera política y aunque en el seno del socialismo ha cambiado de bando o corriente interna según sus intereses, ha sido fiel a las siglas.

Fouché fue un hombre de ambición desmedida, que amasó una fortuna formidable que le convirtió en el hombre más rico de Francia aprovechándose de sus cargos y de su influencia de modo manifiestamente ilegal. Rubalcaba tiene una trayectoria política repleta de sombras, pero jamás nadie ha podido probar, ni siquiera sugerir, que no sea un hombre honrado que no se ha enriquecido prevaliéndose de los cargos públicos que ha ocupado.

Fouché fue hombre de confianza de Robespierre y terminó conspirando contra él hasta conseguir que le llevaran a la horca; tras ser represaliado por el Directorio consiguió ganarse la confianza de Barras y llegar a Ministro de la Policía; armó una formidable red de espionaje que urdió el golpe de Estado que elevó a Napoléon Bonaparte a las alturas y terminó traicionándole; sirvió a Luis XVIII y también maniobró contra él….hasta terminar proscrito y fallecer en Trieste. Durante casi 30 años protagonizó las grandes batallas políticas que conforman uno de los períodos históricos más apasionantes que hemos conocido. Libró batallas políticas que forman parte de la Historia de Francia y de Europa frente a adversarios de un nivel intelectual y político excepcional. Rubalcaba, al ganar el PSOE las elecciones de 1982, asumió responsabilidades en el Ministerio de Educación de José María Maravall; fue ministro de Educación un año, ministro de Presidencia y portavoz en los años negros de 1993 a 1996; tras la victoria de Zapatero ocupó la secretaría general del Grupo Socialista en el Congreso y en 2006 accede al Ministerio de Interior, al que acumula en 2010 la vicepresidencia y la portavocía. ¿Cabe alguna comparación?

Por más que la trayectoria de Rubalcaba tiene episodios oscuros relacionados con el terrorismo de Estado y con diferentes conspiraciones internas en el PSOE; aunque ha librado batallas de poder en el seno de su partido, todas ellas saldadas con estrepitosas derrotas; aunque ha traicionado a compañeros de militancia en beneficio de su propia trayectoria, para comparar al candidato socialista con Fouché sería necesario encontrar en su trayectoria adversarios del nivel de los que tuvo “el genio tenebroso”, y resultaría grotesco tratar de comparar a Robespierre, Napoleón, Hébert, Barras, Talleyrand o el propio Luis XVIII con Rodríguez Zapatero, José Bono, José Blanco, Carme Chacón, Tomás Gómez et al.

Rubalcaba no es Fouché, ni se le parece, pero representa un tipo de político del Siglo XXI alejado de lo que yo considero ejemplar. Dicho esto, el dedo de José Luis Rodríguez Zapatero, o si Alfredo lo prefiere, el dedazo de miles de militantes socialistas, le han ungido de todo el poder en el PSOE y va a ser quien le va a plantar la batalla a Mariano Rajoy en las próximas elecciones generales. Sin ser Fouché, Rubalcaba es políticamente peligroso, y yo que Rajoy me lo tomaría muy en serio. En contra de lo dicho por ZP en otra comparación inadecuada, aunque Rubalcaba tenga acreditada una buena marca como velocista en los 100 metros lisos, estamos en una maratón de diez meses y el candidato socialista ha acreditado que se mueve bien en las distancias largas, donde además los codazos pueden dejar al rival en la cuneta a poco que se despiste.