Los acampados en la Puerta del Sol de Madrid están ya recogiendo sus pertenencias. A media mañana el aspecto de Sol era bien diferente. Operación recogida en marcha, pero anuncios de que no se van, “nos expandimos” o de “no nos vamos, nos mudamos a tu conciencia”. Veremos que es a partir de ahora del Movimiento 15-M una vez consumado el adiós a la Puerta del Sol. No adelantemos acontecimientos. El final, o el punto y seguido, ha estado trufado por los incidentes protagonizados por grupos de “indignados” en algunas de las tomas de posesión de ayer en diferentes Ayuntamientos españoles, especialmente en Madrid, Sevilla, Burgos y Alicante. Bajo el lema “no nos representan” trataron de amargarles la fiesta a los ediles. Aquí más de uno y de dos han confundido el derecho a la libertad de expresión, a la libertad de reunión y de manifestación con hacer de su capa un sayo y pretender que el futuro está en que las manifestaciones y las asambleas horizontales sustituyan a las instituciones, y ese no es el camino.

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Sigo diciendo que comparto muchas de las reivindicaciones de estos grupos, y que no les faltan argumentos para la protesta. Defiendo su derecho a expresarse, a quejarse y a tratar de que cambien las cosas. Comparto la indignación y el cabreo por ver cómo en la Comunidad Valenciana han tomado posesión ediles imputados en casos de corrupción, como lo harán en breve consejeros en iguales circunstancias. Me sumo a la presión a los partidos políticos para que de una vez por todas afronten un proceso de regeneración democrática que necesitamos como el comer. Pero no quiero justicia popular; no quiero que estos autodenominados “indignados” sustituyan a los jueces que deben hacer cumplir la ley; no quiero reventar el sistema, sino cambiarlo; no quiero que mi cabreo genere pérdidas cuantiosas a comerciantes que tienen el mismo derecho a que sus negocios funcionen que yo a protestar; no quiero que cunda el eslógan de que “no nos representan” quienes han sido elegidos democráticamente en las urnas porque sí nos representan, aunque tantas veces pésimamente, y eso es lo que debemos cambiar.

Y consumado este adiós, o hasta luego, al Movimiento 15-M, la indignación crece al ver cómo, en virtud de la decisión de esas urnas democráticas, centenares de ediles de Bildu han tomado posesión de sus cargos. Como dijo el viernes Rubén Mugica, en casi toda España en los Ayuntamientos se pasa del rojo al azul, excepto en la Comunidad Autónoma Vasca, donde se pasa directamente al negro. Los seis magistrados del Constitucional que lo han hecho posible ya han visto en el minuto uno las primeras consecuencias de su decisión: alcaldes que no solo no condenan la violencia y reclaman a ETA su disolución, sino que colocan en las fachadas carteles proetarras; alcaldes que prohiben a los medios de comunicación la entrada en los plenos; concejales y simpatizantes de Bildu que insultan, coaccionan, amenazan y tratan de golpear a ciudadanos democráticamente elegidos en las urnas; alcaldes que retiraron las banderas española y europea de los mástiles para colocar carteles proetarras; ciudadanos que desde ayer están condenados de nuevo a vivir amenazados y coaccionados por los que están con los terroristas. Y todo ello con la complicidad irresponsable del PNV.

Han sido elegidos democráticamente, es cierto, pero también Hitler ganó unas elecciones. En Alemania el Partido Nazi es ilegal desde 1945. En España Sortu es aún ilegal, me temo que por poco tiempo, y la pantomima de Bildu ha colado por la incalificable decisión de seis magistrados del Tribunal Constitucional (cinco de ellos no son jueces de carrera) que deben sus puestos no a su cualificación profesional como juristas, sino a su servidumbre a los políticos que les designaron. Ellos son los responsables de que miles de vascos vivan desde ayer bajo el régimen del miedo y el terror. En su conciencia quedan las consecuencias de su decisión. Triste jornada para los demócratas.