La noticia de la muerte (podríamos decir también ejecución extrajudicial, asesinato u otras denominaciones) de Osama Bin Laden liquidado por las tropas que manda el premio Nobel de la paz, e icono del progresismo de moda, Barack Obama, ha corrido más rápido que las balas de los Seal americanos y he dejado frases rotundas, de las que voy a destacar cuatro: “Se ha hecho justicia” (Obama); “Aunque no deja de ser una muerte, en este caso se trata de una buena noticia. Obama ha hecho Justicia” (PSOE); “Es un paso adelante muy importante” (Mariano Rajoy).

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No voy a ser un cínico. No he derramado ni voy a derramar una sola lágrima por un terrorista como Bin Laden, un ser humano despreciable responsable del asesinato de miles de personas e instigador principal de un enfrentamiento entre el Islam y el resto de la humanidad de consecuencias nefastas para la vida de todos los habitantes del planeta. Pero siempre he considerado, como Cervantes, que la figura de la muerte, en cualquier traje que venga, es espantosa. Y siempre he creído que la democracia encarna unos valores que se sustentan por encima de todo en el respeto a la vida, los derechos humanos y el imperio de la ley. Por ello, considero que la muerte de Bin Laden no es un acto de justicia, sino de venganza, no es una buena noticia, porque se ha producido en circunstancias indeseadas y previsiblemente va a tener consecuencias gravísimas para la comunidad internacional y no es un paso adelante, sino todo lo contrario, en la búsqueda de la paz y la construcción de un mundo mejor.

En términos legales, Obama se ampara en que la acción militar que ha acabado con la vida de Bin Laden fue un acto de guerra autorizado por el presidente de los EEUU de Norteamérica en el marco de la legislación vigente en los EEUU de Norteamérica tras la declaración de guerra declara en 2001 a Al Qaeda después de los atentados del 11-S que supusieron el asesinato de más de 3.000 personas. De ese modo justifican ya algunos la acción y basan en ello la negativa a que, en realidad, estamos ante una ejecución extrajudicial en toda regla. No conocemos, y probablemente no conoceremos nunca, los detalles de lo sucedido. No sabemos, y probablemente no sabremos nunca, si hubiera sido posible capturar con vida al asesino Bin Laden para que recibiera un juicio justo. Es lícito preguntarse si no hubiera sido mejor que EEUU hubiera diseñado una operación coordinada con Pakistán, dado que la acción militar norteamericana se ha desarrollado en su territorio. Ya se han difundido algunas imágenes falsas del cadáver del terrorista, y rápidamente el Pentágono ha filtrado que el cadáver de Bin Laden ha sido arrojado al mar. Todas las especulaciones, inevitables, que van a surgir jugarán a favor de los asesinos y contribuirán a hacer crecer entre los asesinos islamistas y sus simpatizantes el mito del líder liquidado por el imperio yankee. Es lo que tiene actuar sin testigos, que es como se actúan cuando se hace fuera de la ley. Pero lo han hecho de ese modo para ahorrarse problemas jurídicos y un proceso judicial en el que el acusado ejerciera su derecho a defenderse porque creen que ello hubiera supuesto un formidable ejercicio de propaganda para el enemigo. Un oficial de la Seguridad Nacional norteamericana, en declaraciones a Reuters recogidas por elmundo.es, lo ha dejado claro: “No había intención de capturar vivo a Bin Laden. Era una operación de matar”.

Aunque percibo que una inmensa mayoría de los ciudadanos de los países occidentales están felices y consideran lo sucedido como una demostración de fuerza que genera confianza en la eficacia de la democracia americana, y por ende, de sus aliados, formo parte de la minoría que piensa que acabar de este modo con la vida de este repugnante ser humano ha sido un error que puede tener graves consecuencias que podemos pagar cualquiera. El número dos de Bin Laden, el perverso Ayman Al Zawahiri, sigue muy vivo, dirige la organización terrorista y concitará ahora la admiración de los miles de seguidores ciegos que tiene Al Qaeda y que están libres. Estos asesinos siguen contando con un formidable refugio en Afganistán y Pakistán, la única república islámica que cuenta con armamento nuclear, tienen miles de millones de dólares a su disposición y su fanatismo va mucho más allá de Bin Laden, y le sobrevivirá enfurecido. Con la desaparición de Bin Laden no ha sido derrotado el terrorismo islámico. Muy al contrario. La bestia está enfurecida y todo el mundo espera su reacción con temor inmenso.

Ha quedado claro. A ver que dicen ahora los demócratas de la hora undécima, los progres de monólogos, tazones y camisetas al rojo vivo, los izquierdistas de salón, los garzones y compañía, los zetapés defensores de la alianza de las civilizaciones, los rojeras de domingo por la mañana, los que nos llaman fachas a los que nos atrevemos a discrepar del discurso oficial. Lo que pueden es ir añadiendo al lema que aún hoy conservan del merchandaising de la campaña la palabra que lo define para siempre. Yes, we can……. kill. La ejecución extrajudicial de uno de los mayores asesinos de la historia los retrata. Así se escribe la historia.

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