En el Ministerio del Interior no se habla de otra cosa que del asunto Faisán y las consecuencias políticas y orgánicas que puede tener. La última exclusiva de Fernando Lázaro en El Mundo del lunes ha levantado ampollas. Nos cuenta el colega y amigo que Víctor García Hidalgo, director general de la Policía cuando ocurrieron los hechos, ha manifestado: “Rubalcaba se ha ocupado de librar a Camacho y a mí me ha dejado tirado”. Ni más, ni menos. Y se han removido los cimientos de Castellana y de Amador de los Ríos.

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García Hidalgo fue cesado por Rubalcaba, enmascarando el asunto en una remodelación del departamento, cuatro meses después del chivatazo policial a ETA, porque los policías que investigaban el caso le habían incluido en sus informes como implicado en los hechos y ello hacía previsible su imputación en el sumario. Y ahora no se corta de hablar a quien le quiere escuchar, y del ministro dice de todo menos bonito. Recuerda cada día que un móvil perteneciente a la Subsecretaría de Interior, y que era utilizado por el secretario de la Seguridad del Estado, Antonio Camacho, es una de las claves del asunto, “y Camacho sigue protegido a saco por el ministro”.

Y Rubalcaba, literalmente acongojado, y pendiente al máximo, no hay día en que no hable de ello con sus más afines, del levantamiento del secreto de le pequeña parte del caso Faisán que sigue escondida bajo llave en manos del juez Ruz, y que puede contener novedades amargas para más de uno. Esa parte aún bajo secreto del sumario fija la atención de todos, también el PP, que tiene a su equipo jurídico al tanto del asunto al segundo. Y en la Audiencia Nacional me dicen que el juez no tiene prisa, “no quiere dar un paso en falso, camina con pies de plomo y no te quepa duda de que quiere llegar hasta el final, pero aún hoy el final no se conoce, no lo conoce ni el”.

Una persona que ayer pudo hablar con García Hidalgo me explicaba que el ex director general de la Policía “está en la misma actitud de muchos otros. No tiene ganas de hacer daño a nadie, pero no va a tolerar que se lo hagan a él y no está muy por la labor de comerse solito un marrón que considera injusto. Tiene que moverse con enormes cautelas, pero ya ha hecho saber directamente a quien debe saberlo cual es su posición”.

Y Rubalcaba literalmente acongojado, recordando viejos tiempos del “caso GAL”, cuando se preparaba la pasta para pagar a Amedo y Domínguez, cuando con dinero público se compraba el silencio de quienes podían hundir al Gobierno. Le pregunto directamente a un alto cargo del Ministerio si puede volver a ocurrir lo mismo y me responde tajante: “No, pagar por el silencio no, pero el miedo, y hay mucho miedo, hace cometer errores”. Pues eso.