La Unión Europea se está cubriendo de gloria en su respuesta a las revoluciones que están teniendo lugar en Oriente Próximo y en el Magreb. Tras las caídas de Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto y la masacre de opositores perpetrada por el sátrapa Gadaffi en Libia, es una verguenza que Europa, y los EEUU, sigan dándole vueltas a qué hacer, a posibles sanciones económicas y políticas. No nos engañemos, la principal preocupación de los países de la UE ha sido la de mantener a quienes huyen de esos países dentro de su territorio para evitar una avalancha de refugiados e inmigrantes. No es para que estemos muy orgullosos. Ni la Alta Representante de Política Exterior, Catherine Alston ni el Consejo de Ministros, ni la Comisión han estado a la altura. Lo que está sucediendo en una zona históricamente sojuzgada por dictadores sin escrúpulos pone sobre el tapete que para muchos dirigentes supuestamente democráticos de esta Europa tan triste es lo mismo un inmigrante que un refugiado, y no, no es lo mismo. Nuestra obligación es encontrar caminos, con nuestra fuerza de países del primer mundo, para primero ayudar a quienes están siendo inaceptablemente masacrados y reprimidos por el dictador y después contribuir al final de estos regímenes ignominiosos. No vale ya el argumento de que estos dictadores nos convienen para parar a los islamistas más radicales.

Imagen de previsualización de YouTube Imagen de previsualización de YouTube Imagen de previsualización de YouTube

El análisis de la historia y la realpolitik demuestran fehacientemente que Europa y EEUU han cometido un grave error dando por hecho que esas dictaduras de Oriente Próximo y el Magreb eran un mal menor si lo comparábamos con la amenaza del islamismo radical, o incluso un muro de contención. Tanta foto, tantos abrazos, tantas visitas oficiales, tantos agasajos, tantos regalos de ida y vuelta, tanto anteponer los intereses económicos a la vida y la libertad para constatar lo que se sabía, tanta política elegante de wait and see... Y en medio de este drama millones de seres humanos que padecen unos regímenes que les imposibilitan vivir en libertad y disfrutar de los más elementales derechos humanos. No darse cuenta ahora de que hay que ayudarles sería olvidar todos los grandes principios con los que nos llenamos la boca cuando hablamos de la Unión Europea y de la OTAN. Quienes se están jugando la vida, y quienes ya la han perdido, en ese combate pacífico contra estos regímenes merecen y necesitan saber que estamos con ellos porque es de justicia apoyarles y porque reclaman los mismos principios elementales de que disfrutamos nosotros.

Libia se encamina hacia una guerra civil y tribal que puede ser terrible. La situación no es nada sencilla, lo sé. Gadafi dispone de 30.000 mercenarios dispuesto a llevarse por delante a quien sea necesario. En Libia hay cerca de 10.000 ciudadanos europeos y otros tantos de otras nacionalidades de países del primer mundo. Se teme una salida masiva de libios que quieren huir del horror. No se adivina, aunque surgirá, quien puede ser un interlocutor viable y fiable alternativo al coronel asesino. Pero es imprescindible escuchar de los EEUU y Europa una exigencia tajante a Gadafi de que se retire, para empezar a hablar, bajo la advertencia de una intervención militar internacional. Será mejor hacerlo ahora que esperar a que la situación sea todavía más grave. Y lo sucedido en la ex Yugoslavia es un ejemplo aún reciente.

Que razón tenía el miércoles Simón Peres cuando hablaba de las gafas y los espejos para explicar que la red, Twitter, Facebook, el mundo global que vivimos han hecho que la pobreza y las dictaduras que antes eran invisibles para muchos, ahora estén en el escaparate. Lo sucedido en Túnez, Egipto, Libia, Yemen o Bahréin ha sido espontáneo, no estaba organizado por una mano oculta, y ahora es ya un proceso irreversible porque esos ciudadanos no dejarán que se vuelvan a tapar los ojos del pueblo ni los oidos del mundo. Antes no tenían gafas para ver ni espejos para comparar, pero ahora sí, y no quieren seguir como estaban. Y lo que se avecina puede ser peor. Veremos qué pasa cuando en Irán el régimen de Mahmud Ahmadineyad comience a sufrir movimientos equivalentes. Esas dictaduras no tienen futuro,  pero tienen presente. Y aunque se adivine un proceso inexorable, los dictadores se van a defender como lo que son, hombres sin escrúpulos.

Libia, o mejor, las gentes de confianza de Gadafi, controlan el petróleo, tienen importantes inversiones en el mundo desarrollado, cuentan con participaciones en compañías de primer nivel en sectores clave como el energético o los medios de comunicación. Sus personas mas próximas y sus familiares se han formado en los mejores centros de estudios del mundo (un hijo de Gadafi, Khamis Muammar, estudia en España en el IE Business School, auqnue ahora ha abandonado el centro al menos temporalmente y se desconoce su paradero, y según Expansión está vinculado a las contrataciones de mercenarios que han disparado contra la población).

En España, al menos el PSOE y el PP han iniciado un diálogo para fijar una posición de Estado del Gobierno y la reunión del miércoles entre la ministra Trinidad Jiménez y Jorge Moragas, secretario de Internacional del PP y jefe de gabinete de Rajoy ha sido fructífera en el sentido de buscar que nuestro país juegue un papel en el conflicto. Fue una reunión que permitió por lo menos que, despues de ¡¡¡seis años!!, el Gobierno trate de que la política internacional esté pactada en sus líneas maestras, y a este respecto el asunto va para largo, afecta a este Gobierno como afectara al menos a los dos que le sigan en el poder. Por ello fijar una política que no haya de ser revisada cada cuatro años es esencial. A esa reunión seguirán otras colectivas con el resto de partidos parlamentarios. Y se habló sin tapujos de una Embajada, la nuestra, en la que las cosas deben funcionar mejor.

Hay mucho en juego. Todo lo comentado y en función de cómo hagan las cosas EEUU y la UE, del nuevo modelo de estados que se diseñe en Oriente Próximo y el Magreb, el islamismo radical saldrá fortalecido o entrará en un camino de difícil salida. Y esta cuestión ni es baladí ni nos pilla lejos, aunque algunos lo crean.