Seis horas estuvo ayer en Madrid Angela Merkel. 360 minutos que fueron preparadas intensamente durante las semanas previas por los gabinetes del presidente del Gobierno de España, de la canciller alemana……. y del líder de la oposición, Mariano Rajoy. Y entre bambalinas las cosas no han sido fáciles, ha habido tensiones y se ha afinado con los lápices hasta el último segundo. Si se fijan ustedes, la señora Merkel habló practicamente todo el tiempo de España; dijo que las medidas adoptadas por España no solo se deben a una dirección política, sino que son objetivamente necesarias; felicitó a España por ir por el buen camino tras las reformas y por haber hecho sus deberes; “las reformas españolas merecen nuestro respeto”; “España y Alemania juntos, y el resto de paises europeos, debemos dar pasos juntos todavía de aquí a finales de marzo”; le puso algunas tareas a España de cara a la cumbre de jefes de Gobierno de la UE de marzo, fundamentalmente en lo que se refiere al Pacto de Competitividad; hizo ver que España debía avanzar en las reformas laborales…. Y sólo alguna mención al “Gobierno” o al “presidente”, para rápidamente volver al genérico “España”. ¿ Por qué?

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Porque esta vez el equipo de personas más próximo a Mariano Rajoy ha acreditado su capacidad de interlocución al máximo nivel diplomático y le ha madrugado a los fontaneros del area internacional de Moncloa. Bernardino León ha liderado el equipo presidencial en la sombra que ha preparado la cumbre en Moncloa. Jorge Moragas, diplomático de carrera, jefe de gabinete de Rajoy y secretario de relaciones internacionales del PP ha sido el responsable de dirigir los hilos en los populares. Esta es la alta política, nos guste o nos disguste, donde los gestos y las palabras se miden al milímetro y tienen su importancia. Así se las gastan todos. La realpolitik es dura y en ese campo de batalla, escrúpulos los justos y al adversario ni agua. El gabinete de la señora Merkel, que no olvidemos que pertenece a un partido conservador, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que comparte Internacional con el PP, ha sido sensible a los mensajes recibidos de los enviados del sandrín de Génova 13. Las palabras de la canciller iban a ser escuchadas dentro y fuera de España con detalle y analizadas sílaba a sílaba, y Doña Angela Dorothea Kasner no deseaba darle al presidente Rodríguez Zapatero, socialista, más aire del mínimamente necesario en aplicación de la cortesía y las normas de la diplomacia.

Desde Moncloa se pretendía forzar a la canciller alemana a elogiar expresamente a Rodríguez Zapatero y al Gobierno español, conscientes de que ello podía permitir al presidente y al PSOE rentabilizar la visita en la contienda diaria, en la batalla mediatico-política del día a día con el PP, apuntando incluso la contradicción de que una conservadora elogiara a un Gobierno socialista como el español. El Partido Popular lo sabía y Mariano Rajoy puso a trabajar a su gabinete, a las personas que conforman su círculo de hierro, y en las últimas semanas ha habido varios viajes a Alemania, permanente conexión telefónica y via correo electrónico, alguna conversación telefónica entre Merkel y Rajoy y se han corregido los argumentarios y los discursos palabra por palabra. La presidencia alemana ha recibido más documentación desde Génova que desde Presidencia o Ferraz. Objetivo: que la canciller hablara permanentemente de España, tratando de reducir al máximo las menciones al Gobierno y al presidente. Desde el PP se le hacía ver al equipo de la canciller que el objetivo fundamental del viaje era tranquilizar a los mercados y contribuir a la reducción del coste de las emisiones de deuda, “y para ello lo importante es que la señora Merkel transmita apoyo a España, al país, no al presidente responsable de la política que ha empeorado una crisis internacional como esta”.

Esta gran batalla de los estrategas del PSOE y el PP es quizá de consumo para muy ilustrados, pero tiene mucha importancia y se valora en los cuarteles generales de los partidos. La capacidad de interlocución con los grandes líderes se valora como lo que vale. Hace falta, además de talento y tarjeta de visita, disponer de mucha experiencia diplomática y de gran capacidad de abrir puertas de despachos más que herméticos.  El análisis que hacen en ambos cuarteles generales, en silencio, y en el off the record con los periodistas, es minucioso. Ayer tarde en Ferraz, en tono de perfil bajo, me decían que la cosa “no ha salido mal, y vamos a poder utilizar la visita en clave interna de modo positivo”. En Génova consideran que su objetivo se ha cumplido con creces: “En las converaciones privadas Angela Merkel ha estado muy dura con Zapatero, y en público, con los periodistas, ha sido elegante, fina, inteligente, y ha hablado fundamentalmente de España antes que del Gobierno y su presidente, porque la realidad es que el Ejecutivo ha empezado tarde con las reformas y tiene demasiada tarea pendiente”.

La diplomacia alemana ha percibido un “tono bajo” en Zapatero. Un diplomático alemán acreditado en Madrid me comentaba anoche que “ha cambiado mucho en los tres últimos años, está afectado por la situación, se le ve más bajo, menos vitalista, se percibe su preocupación y las críticas externas y, sobre todo, internas, le afectan. Ha encajado las críticas y se ha comprometido a seguir con las reformas, pero se percibe que está haciendo una política que no es en la que él cree forzado por Europa. El no lo dirá en público, pero esperaba más apoyo de la canciller, y ella no estaba dispuesta a darle más porque considera que es responsable de una política que le he generado muchos problemas también a Europa y es consciente de que aquí están ustedes podemos decir que ya en campaña y su ayuda será para el PP, como no puede ser de otro modo”.

Entre bambalinas, las cosas no han sido tan bonitas como se pintan. Es cierto que Rodríguez Zapatero estaba ayer más satisfecho que horas antes de la visita. No es discutible que alguna rentabilidad política va a obtener. Pero a la vez al presidente le han puesto deberes difíciles de cumplir antes de la Cumbre de marzo, fundamentalmente desvincular los salarios de la inflación (el IPC), armonizar el impuesto de sociedades y poner coto y límites concretos al gasto de las Comunidades Autónomas. Pero el equipo de la señora Merkel se ha ido muy molesto con el ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, que fue tajante al decir que rechazaba la propuesta alemana, y con los sindicatos UGT y CCOO, que en la misma coordenada que el ministro defendieron que fuera la inflación el referente de la negociación colectiva. Si llega a marzo sin la tarea terminada los socios europeos le mirarán mal. ZP sigue teniéndolo dificil.


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