Lo que hace tan solo tres semanas, cuando comenzaron las manifestaciones en la Plaza Tahrir, hubiéramos considerado imposible, un final razonablemente en paz a la revuelta contra un dictador que llevaba 30 años en el poder en Egipto, es ya una realidad: los ciudadanos egipcios se han librado definitivamente de Hosni Mubarak. ¿Y ahora qué? Por el momento, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se hace con el poder y los riesgos de la situación parecen evidentes. Los ciudadanos desean libertad, elecciones y democracia, por eso han salido a la calle en esta revolución laica. Los militares se han comprometido a convocarlas. No soy especialista en la zona, no tengo una bola de cristal, pero incluso convocadas las elecciones, cuyo resultado nadie puede preveer, Egipto necesita tiempo. Los militares de los países árabes no tienen, analizados los antecedentes históricos, un pasado de actuaciones que nos permitan ser excesivamente optimistas. ¿Modificarán ellos la Constitución de 1971, redactada de forma bien cosidita a los intereses personales y al blindaje de los intereses del déspota Mubarak y sus mariachis? Lo que suceda en Egipto será un indicador importante para otros países del mundo árabe con consecuencias para todos los ciudadanos del mundo.

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Si Egipto pone en marcha un proceso de verdad democrático y comienza un proceso que le permita incorporarse al grupo de las democracias más o menos modernas, la situación de Oriente Próximo será otra. Los EEUU, Israel y Europa tienen mucho que decir, hay muchos intereses en juego (el control del islamismo radical en primer lugar, bueno en segundo, primero siempre el petróleo), y va a ser decisivo lo que haga un Ejército que en estas dos semanas ha jugado un hábil papel de aproximación a los intereses populares.

El partido predominante en Egipto, los Hermanos Musulmanes, ha sido sobrepasado durante estos días por un movimiento popular que pasará a la historia. Antes, en Túnez se dieron pasos importantes y ahora parece que le toca a Argelia, donde hoy se va a producir una gran manifestación de protesta. En ninguno de estos movimientos han sido los islamistas radicales los que han llevado la voz cantante. Todos los ojos están hoy puestos en esta zona del mundo y Egipto es un espejo, una referencia, una esperanza para todos aquellos ciudadanos árabes que aspiran a vivir en libertad. Lo que suceda en El Cairo marcará el camino de otros. Lo que no puede ocurrir es que está revuelta popular pacífica que han llevado adelante millones de egipcios tenga como final que a Mubarak le sustituya una dictadura militar. Y como en todas las situaciones equivalentes que en el mundo han sido, se necesitan líderes con sentido de Estado, con sentido común y con cierto grado de moderación para que las cosas salgan bien, parece que hoy en día el hombre llamado a hacer posible lo que parecía imposible es Mohamed el Baradei, un diplomático de larga carrera en foros internacionales, experto en energía atómica, premio Nobel de la Paz en 2005, fundador de la Asociación Nacional para el Cambio en Egipto. Será lo que sea, pero en Egipto ya se ha hecho posible el primer imposible. Ojala ganen en paz esta guerra por la libertad.