Manuel Pimentel es un hombre peculiar. Algo le he tratado, poco, pero suficiente para acreditar que es un hombre sensato, con sentido común, honrado, bien formado, con criterio y, además, me parece una buena persona a la que respeto profundamente. Que haya sido aceptado por las dos partes en conflicto para arbitrar imparcialmente entre AENA y los controladores es otro de los episodios que va a añadir a su completo currículo. Licenciado en Derecho, Ingeniero Agrónomo y Diplomado en Dirección de Empresas, fue ministro de Trabajo y justo al cumplir un año abandonó la política activa. No ha nacido para ser un “siseñor”. Antes de dejar el Ministerio fue el artífice de una reforma laboral frimada por empresarios y sindicatos y mejoró las pensiones mínimas. Sus discrepancias con Aznar, sobre todo en todo lo relacionado con la Guerra de Irak y la política de inmigración, le llevaron a dimitir e irse a su casa. Fundó la editorial Almuzara y se dedicó a las letras.

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Afronta una responsabilidad enorme y lo que el escriba y firme en el documento de arbitraje final será vinculante para ambas partes y no podrán recurrirlo ante otra instancia. La primera decisión que ha tomado Pimentel es la de no conceder entrevistas ni hacer declaraciones públicas en aras de una objetividad y neutralidad que parece evidente que debe preservar. Y he de decir que me parece el primer acierto una vez asumida esa responsabilidad.

A partir del 28 de febrero, fecha del final del mandato de mediación que se le ha atribuido, lo que establezca Pimentel en sus conclusiones irá a misa. Si consigue resolver este conflicto, regular las relaciones entre ambas partes con un convenio justo y razonable que posibilite evitar conflictos gravísimos que pagamos todos los ciudadanos cada poco, aplicar sentido común a una pelea en la que ambas partes han incurrido en salidas de pata de banco y lo hace aplicando criterios sensatos no basados en la búsqueda de venganzas por comportamientos pasados sino en  la necesidad de solucionar un problema enquistado desde  hace años, habrá hecho un servicio al Estado impagable. Los controladores no son un Ejército de desalmados irresponsables. Han cometido errores gravísimos, sin duda, pero ello no les convierte en lo que algunos han querido convertirles. AENA ha hecho muchas cosas mal, es una empresa gestionada desde hace años con criterios más que discutibles, pero también hay cosas positivas en esa casa. Y, sobre todo, este sunto es imprescindible resolverlo ya, y a ser posible con una solución duradera en el tiempo. Es un partido complicado, pero que lo pite Pimentel a mí, a priori, me tranquiliza.