José María Aznar ha sido internamente neutralizado por Mariano Rajoy, ha perdido capacidad de influencia en el PP, pero no es capaz de frenar su tendencia a la intervención en la vida pública y ya se sabe que cuando un ex se pone, no para. Ayer le dió por decir que “España está intervenida de hecho”. Una intervención desfortunada, porque no es verdad, y porque puesta en su boca, en su condición de ex presidente del Gobierno, puede perjudicar a nuestros intereses. España, como todos los países de la UE, está monotorizada por instituciones creadas ad hoc para hacer esa labor y, sobre todo, por Alemania y Francia, que son quienes cortan el bacalao en la UE. España está mal. España padece una crisis económica y política de fondo. España debe trabajar para salir del agujero. Y lo que no necesita España en estos momentos es de actitudes políticas como las que mantiene Aznar, a quien más le valdría aportar su granito de arena y renunciar a recibir el dinero que ingresa, legalmente, del dinero público, a la vista de que sus ingresos privados, de lo cual me alegro, le funcionan bien. Lo tengo escrito, ejemplaridad es lo que necesitamos en la vida pública.

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Este hombre yo creo que está atacado porque constata cada día que el gallego al que él designo a dedo, quizá pensando que le iba a manejar a su antojo, se le ha subido al bigote. Ni Aznar ni quienes aún le son fieles disponen en este momento de capacidad para moverle la silla a Rajoy, por más que lo han intentado. Su influencia existe, sin duda, pero el poder interno lo han perdido y ya no puede desestabilizar un liderazgo consolidado.Y quizá por ello, busca protagonismo, hueco en los titulares, con salidas de pata de banco como la de ayer.

Es verdad que después dijo cosas sensatas, como que España no saldrá del agujero hasta que acometa una reforma de la actual configuración del Estado y un severo control del despilfarro autonómico. Y no es que lo diga Aznar, es que lo dicen también José Bono, la Fundación Everis, lideres del PSOE,… pero sobre todo, algunos venimos diciéndolo desde hace años, mucho antes de entrar en la crisis. Habría estado muy bien que Aznar, cuando era presidente del Gobierno, hubiera comenzado a hacer esas reformas. Cuando se le planteaba, sonreía, te miraba con cierto desprecio y se tomaba una cucharadita de helado de café. Estaba muy ocupado aprendiendo catalán para hablarlo en la intimidad, dándole a Arzalluz lo que González no le había dado en catorce años. Y seguía fomentando el gasto en las Comunidades para beneficio de sus amigos y correligionarios al frente de las mismas, que le permitían a él seguir en el machito. Es muy fácil decir ahora lo que hay que hacer, darnos lecciones magistrales. Haberlo hecho tu amigo cuando tenías capacidad para hacerlo. O, al menos, haber comenzado a hacerlo. Quizá si hubiera sido así ahora estaríamos un poco menos mal de lo que estamos. Probablemente sería mejor que impartiera conferencias sobre cómo hacer para llegar a consejero de Endesa, Murdoch y algunos otros, para irse de cena con Briatore y algún que otro ciudadano ejemplar. A más de uno que yo conozco le vendría bien para salir de la crisis. Aznar interviene. Tiene derecho a hacerlo. Pero está mejor calladito. Al menos eso creo yo.