El viaje privado que la semana pasada efectuó el Rey Juan Carlos I a Kuwait, a donde acudió invitado por el emir Sabah Al Ahmad al Sabah, y que se prolongó hasta ayer debido a que visitó otros países del Golfo Pérsico y se quedó a la carrera de Fórmula 1 en Abu Dhabi, ha generado una polémica curiosa. Al parecer, el diario Público, propiedad de Jaume Roures, el empresario de medios más próximo al presidente Rodríguez Zapatero, en su página web, publicó el martes 9 la noticia del viaje del Rey con una foto de Don Juan Carlos y un titular editorializante: “Los amigos del Golfo”. Y se lió. Twitter ardió. En las redes sociales no se hablaba de otra cosa.

Me cuentan que en el Palacio de la Zarzuela se agarraron, como es lógico, un cabreo de no te menees, y los teléfonos ardieron. Y Roures y sus muchachos se la envainaron.

Curiosamente, si uno entra ahora en la web www.publico.es, lo único que encuentra del martes 9 relacionado con el viaje del Rey al Golfo Pérsico es una noticia titulada “El Rey, invitado de los emires del Golfo Pérsico”. Y en el diario impreso del periódico del miércoles, ni rastro tampoco del titular del año, del más comentado de la historia de Público.

De entrada el titular me parece original, provocativo. Lo que sucede es que sólo puede sugerirse de alguien que es un golfo si seguidamente se aportan los datos que acreditan la gracieta. Si se trata simplemente de hacer un chiste, me parece inadmisible, sencillamente inaceptable, y más aún si se hace respecto a la primera autoridad del Estado.

Vaya por delante que soy republicano convencido. Quede claro que no me gusta nada la opacidad respecto a la actividad privada del Rey. Sería partidario de que Su Majestad, y las majestades que vengan, sean transparentes como un cristal impoluto en sus actividades mercantiles y financieras. Debiera ser obligatorio conocer cada inversión, cada negocio, cada adquisición, cada gasto en que incurre la Casa Real. No me gusta nada la falta de información que tenemos los españoles acerca de los dineros de Don Juan Carlos I.

Pero dicho eso, me parece impresentable sugerir en público que el Rey es un golfo. Hay materias que no admiten bromas, y esta es una de ellas. Si se tienen pruebas, se demuestra. Si no se tienen pruebas, ni se sugiere. Es muy serio decir de alguien, sea quien sea, algo así. Aunque sea con un juego de palabras.

Y si se decide hacerlo, porque se considera que es un ejercicio de titulación periodística inocuo, una provocación literaria, hay que ser valiente, aguantar el tipo, no ceder a las presiones, y mantenerlo. Y si no se hace así, uno es un cobarde. Y si uno considera que ha cometido un error de ese calibre, se piden disculpas en público, cosa que tampoco ha sucedido.

No me gustan estos progres, la verdad. No me gusta este estilo de Roures, todopoderoso señor de la tele, que ejerce de guardian de las esencias de la izquierda mientras se forra, en uso de su derecho, con un estilo de hacer negocio que a mí me parece más que mejorable. Cuando uno navega por esas aguas creo que es mejor no dar lecciones ideológicas. Quizá se le pegaron demasiadas cosas de su amigo Diego Armando. Me gusta la gente que denuncia con pruebas y que no se arruga ni ante una llamada de la Casa Real.