La jornada de huelga de ayer ha sido la crónica de un gran fracaso. Fracaso de los sindicatos convocantes, que aunque querían ganar el partido por la mínima, sin abusar, para no cabrear en exceso al Gobierno que les mantiene en el machito, han llegado justitos al empate del que escribía ya ayer Jesús Cacho. Fracaso para el Gobierno, al que le venía bien una huelguita vendida como “General”, que no ha llegado a sargento chusquero, para vender en los que influyen en el mundo que la reforma que le impusieron se ha hecho a fondo y se le han levantado sus amigos del puño en alto y la subvención a troche y moche. Fracaso para el PP, que se ha mantenido de perfil mayoritariamente para tratar de sacar un rédito que no ha obtenido, salvo Esperanza Aguirre, con quien una vez más no han podido los sindicalistas más obsoletos y desahogados que la tienen en la diana. Y fracaso para los empresarios, que palman la pasta (junto a nosotros, los paganos de todas estas fiestas tan poco democráticas) mientras son incapaces de liberarse de un presidente de la CEOE que es la vergüenza de la patronal y cuya presencia les contamina a todos.

Ayer fue un día triste que quedará grabado para siempre en la historia de los sindicatos. Cándido Méndez, colaborador necesario e inductor  del desastre de política económica zapateril que nos ha llevado al hoyo en el que nos encontramos, pasará a la historia tras el día de hoy. Que lástima da pensar en lo que fueron UGT y CCOO en los tiempos de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, dos hombres honrados que, con sus aciertos y sus errores, fueron honestos representantes de los trabajadores, no de una casta de privilegiados que quiere mantenerse ad eternum en el machito subvencionado.

Ayer fue un día triste que quedará grabado para siempre en la historia de los sindicatos.

Pero el fracaso mayor, visto lo visto, es el de la clase política que nos Gobierna. Todos los partidos con representación parlamentaria, pero muy especialmente PSOE y PP, PP y PSOE, que son quienes han gobernado,  son responsables de que no tengamos en España una ley de huelga como es debido y sigamos dependiendo de un decreto ley preconstitucional y de algunas resoluciones interpretativas posteriores del Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional en respuesta a planteamientos formulados por patronal o sindicatos. Es intolerable, resulta insoportable, constituye una soberana irresponsabilidad que nuestro poder legislativo no haya sido capaz en treinta y tres años de regular un derecho fundamental tan importante que, además, ha generado ya tantos problemas. Una ley de huelga democrática es aquella que, desarrollando el artículo 28.2 de la Constitución sea capaz de garantizar el derecho incuestionable a la huelga de los trabajadores conciliándolo con el derecho a trabajar de quienes no deseen seguir una convocatoria de huelga, con los derechos de los empresarios, garantizando tanto la defensa de los intereses de los trabajadores como la prestación de los servicios mínimos esenciales. ¿Es tan difícil? ¿Cómo pueden ser tan formidablemente inútiles o irresponsables, no sé qué es peor, nuestros representantes en el parlamento?

Ni PSOE ni PP, aún habiendo disfrutado ambos de mayorías absolutas con González y Aznar, han querido legislar en una materia tan trascendente. ¿Cuántos episodios lamentables más vamos a tener que vivir para que asuman su responsabilidad? Porque lo sucedido ayer no es lo peor. Lo más lamentable es el espectáculo que hemos presenciado de la clase política y sindical desde que antes del verano se anunció la convocatoria de esta huelga chusquera que pasará a la historia por haber fracasado desde el mismo instante en que se convocó, pues tiene bemoles hacerlo sabiendo de antemano que es contra una ley aprobada por el Parlamento que no va a ser revocada. Por más que ahora el insensato presidente que nos gobierna esté haciendo guiños a sus amiguitos sindicalistas anunciando la posibilidad de repetir vía reglamentos las trampas que tan bien se le dan a este Ejecutivo para burlar lo que dicen las leyes ya sancionadas.

Un gran fracaso, sí, de España como país. La imagen que trasladamos fuera de nuestras fronteras en el mundo civilizado da pena. Más que nada porque no me cabe duda de que los ciudadanos nos merecemos algo mejor. Y porque las posibilidades de nuestra Nación están muy por encima de lo que proyectan los políticos elegidos democráticamente. Y porque como consecuencia de ello nos va a costar salir del agujero mucho más que al resto del mundo desarrollado. Y después se quejarán si cuando lleguen las elecciones sube la abstención. ¡Joder, que tropa!, que dijo Romanones tras no recibir un solo voto de los académicos que unánimemente le habían prometido incorporarle a la Real Academia. Pues eso.

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