El aluvión de intelectuales, periodistas, artistas, políticos y gente de toda condición y profesión que se viene manifestando, en uso de su derecho, en apoyo del juez Baltasar Garzón cuando éste afronta tres procedimientos judiciales por tres presuntos delitos me ha traido a la memoria lo ocurrido con Baltasar Garzón en el final de los años 80.

Garzón instruía entonces buena parte de los sumarios que pretendían esclarecer la verdad judicial sobre los GAL, con Felipe González como presidente del Gobierno de España. Entonces, un grupo de intelectuales, muy reducido por cierto, elaboró un manifiesto y lo pasó a la firma de muchos ciudadanos para tratar de apoyar al juez por el acoso institucional, periodístico y social que padecía. Ignacio Sotelo y Javier Tusell elaboraron un texto con el fin de publicarlo en los principales medios de comunicación, pero de haberse hecho público más que un manifiesto hubiera sido una carta al director. Solo José Luis L. Aranguren, Rafael Sánchez Ferlosio, Gabriel Albiac, Federico Jimenez Losantos, Ignacio Sotelo, Antonio Escohotado, Ramón Cotarelo, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, José Aumente, Javier Tusell, Alfonso Sastre y pocos más se atrevieron a firmarlo. Muchos les dijeron: “Lo firmaría, pero si lo hago me meto en problemas“. A muchos de estos últimos les he visto ahora en las manifestaciones.

Javier Tusell, el más activo junto a Sotelo en la busqueda entonces de esas firmas que no llegaron, escribió en El Independiente que dirigía Pablo Sebastián un artículo titulado “Los intelectuales y el Caso Amedo“. decía: “…Pero, ¿y ahora? Sun duda está mucho menos claro y ello es un buen reflejo de la situación del país…Hay por supuesto los intelectuales de la antigua capilla estalinista, creyentes forzados en algo que cada vez despierta menos entusiasmo en todo el mundo; si, en otros tiempos, ellos eran los profetas, ahora tal función parece haber recaido sobre los radicales del liberalismo, no siempre bien informados ni verdaderamente consistentes. Se da un caso peregrino en España, el de lo que podiamos denominar como el intelectual de la situación, respecto del cual el poder mantiene una actitud sadomasoquista. Le desprecia y quiere oírle, mientras que él, por su parte, maltrata al Gobierno pero escribe casi exclusivamente para él…”.

Seguía diciendo Tusell: “Juan Osborne hacia decir a uno de sus personajes en Mirando hacia atrás sin ira, que después de la guerra civil española parecían haber desaparecido las grandes causas. Esa es la sensación que da la intelectualidad española en el momento presente. Y sin embargo, nunca habrá una cuestión tan grave y tan decisiva ante sus mismas narices. Como el el caso Dreyfus, lo que el caso Amedo pone delante nuestro es un muro de silencio y una sospecha angustiosa sobre el comportamiento del Estado. Como en tantas otras cuasas en las que el protagonismo ha sido de los intelectuales en cualquier parte del mundo, esta es una causa maldita, necesariamente impopular, oscura, pero que debe ser resuelta porque en ella nos jugamos sencillamenjte nuestra decencia colectiva. Como en muchísimas ocasiones a lo largo de la historia, tomar posicion en ella no es inclinarse por un partido o en contra de otro; es querer saber cómo se ha comportado quien debiera tenber un código de condcuta preciso pero puede haber carecido de él“.

“…No deseo mal político a nadie -añadía Tusell-, ojalá nunca hubiera sido suscitada esta cuestión, cuya sola existencia nos abruma. Sencillamente querem0s saber. ¿Cómo se han comportado esos dos funcionarios y el Estado? ¿Ha habido quienes les han protegido o han promovido sus acciones? ¿Hasta donde debe llegar el Estado en la lucha antiterrorista? Queremos saber y acabremos sabiendo si, con paciencia pacífica, firme la mandíbula, seguimos preguntando. En una democracia que parece ahogarse en el pantano de la indiferencia y la falta de imaginación, ésa debe ser nuestra gran causa“.

Fueron muy pocos, además de los citados, los que alzaron su voz pacífica para reclamar nada más que investigación e información. Y en esas fechas, conviene recordarlo, José Luis Rodríguez Zapatero era diputado del PSOE y permanecía calladito en su escaño, jamás se levantó para reclamar que se buscara la  verdad, o al menos no consta en el libro de sesiones del Congreso que lo hiciera. Nada hizo por apoyar publicamente al Gobierno, pero a veces los silencios pueden ser cómplices. Y prácticamente ninguno de los que ahora se manifiestan a favor del juez Garzón alzaron su voz exigiendo que se hicieran las cosas adecuadamente. Y estamos hablando de 30 asesinatos, un secuestro de un anciano viajante de comercio y el saqueo de las arcas públicas.  A Jimenéz Villarejo ni estaba ni se le esperaba. A……. en fin. Creia que era bueno recordarlo. Un ejercicio más de memoria histórica. Garzón se que no lo olvida, porque le conozco.