Me piden en EL MUNDO TV que les escriba una entradilla para un documental de homenaje a José Luis López de Lacalle, periodista asesinado por ETA en Andoain el 7 de mayo de 2000, ahora que van a cumplirse 10 años desde que le quitaron la vida.

Es un honor para mí poder decir que, gracias a la sugerencia y las gestiones de Germán Yanke, contraté a José Luis para que escribiera en EL MUNDO DEL PAIS VASCO. Gracias a Germán conocí a este tipo inteligente, simpático, recto, amante de la libertad, a este periodista insobornable al que los terroristas asesinaron por el temor que le tienen a la libertad. Cuando Germán y yo le incorporamos a EL MUNDO DEL PAIS VASCO, José Luis era ya un tipo molesto para los terroristas y para tantos ciudadanos y colegas que en el País Vasco durante años se han plegado a las amenazas y el acoso etarra por miedo y por interés. No fui al entierro de José Luis para no tener que tragarme, como sucedió, el sapo de ver a quienes le orillaron y censuraron fotografiarse con sus familiares con el rostro compungido. Pero paseé por Andoain a tiempo de ver, frente a su casa, con el cuerpo de José Luis todavía presente, la pintada etarra más repugnante que imaginarse pueda: “Lacalle, jódete”, escrita en el anonimato de la noche cobarde de Euskadi. Ni muerto le han dejado en paz los intolerantes perseguidores de la libertad a ese periodista insobornable que era José Luis López de Lacalle.

Comparto con vosotros el texto que aparecerá en el documental.

José Luis López de Lacalle fue asesinado el 7 de mayo de 2000. No le mataron en una guerra lejana, no, sino en España, en una de sus Comunidades más desarrolladas, pero en la que entonces, y aún hoy, pervive la organización terrorista ETA, un grupo de violentos aspirantes a dictadores que no soportan a nadie con talento que haya luchado siempre por la libertad y contra cualquier totalitarismo.

ETA sabía muy bien a quien asesinaba. José Luis López de Lacalle había luchado activamente contra la dictadura del general Franco, y por ello padeció la represión y fue encarcelado. Llegada la democracia a España, siguió luchando, siempre con la palabra, como un intelectual brillante, contra el nacionalismo independentista totalitario y contra el terrorismo. No era un testigo neutral. Era un periodista comprometido, que interpretaba y opinaba para convencer a sus lectores y tratar de cambiar por cauces democráticos la terrible realidad del País Vasco.

Además del acoso de los terroristas y sus cómplices padeció la censura y el olvido de quienes durante años se plegaron al miedo y arrinconaron las ideas y las expresiones de José Luis cuando les resultó tácticamente útil.

José Luis era un intelectual riguroso y buscaba siempre confrontar las ideas con quienes discrepaba persiguiendo siempre los aspectos más inteligentes de su contrario. Reiteraba con insistencia que en Euskadi no había ningún “conflicto”, sino un grupo de asesinos de corte totalitario que perseguían a los ciudadanos españoles que querían ser libres. Iba al grano, a las causas por las que la barbarie etarra no tenía fin. Reclamó con insistencia al PNV que se alejara de la deriva de Estella porque sabía de la importancia que el papel del partido de Arzalluz debía jugar en el final de la violencia. Y, al ver que su empeño era imposible, no se escondió y pidió a sus lectores y conciudadanos que derrotaran al PNV en las urnas. Y por eso los asesinos etarras le asesinaron, porque no soportaban que alguien como José Luis les colocara cada día frente al espejo de su propia miseria, dejara al descubierto lo delirante de su discurso y no se arredrara temeroso ante la reincidencia de sus amenazas.

Cuando una de las partidas del Cura Santa Cruz asesinó al liberal Otamendi, uno de sus conciudadanos preguntó a los seguidores del cura sanguinario el posible motivo del crimen. Respondió: “Ya le había dicho muchas veces que hablaba demasiado, y como no dejaba de hacerlo…”

 José Luis López de Lacalle nunca dejaba de hablar. Era un tipo entrañable, apasionante y apasionado, nada le gustaba más que conversar y, como desde que era muy joven tuvo que trabajar para ganarse la vida, buscaba la compañía de algunos amigos intelectuales como el médico José León Careche, el músico Javier Bello Portu o el periodista Germán Yanke, que le acercaron a Baroja, a Luis Martín Santos y a otros escritores y artistas que formaron poco a poco el mundo en el que se sentía a gusto. A todos ellos les sorprendía que un hombre que trabajaba en la industria y se iba haciendo a sí mismo poseyera un conocimiento tan detallado de muchas obras de la literatura española.

La lectura era para José Luis una forma de seguir la conversación y la diaria la encontraba en los periódicos, que devoraba. En los periódicos que llevaba aquel fatídico 7 de mayo en que le asesinaron, en esa bolsa que junto al paraguas y el cadáver de José Luis conformó una fotografía que pasará a la historia de la ignominia que es la historia de ETA.

José Luis, que había militado de joven en el Partido Comunista, de la mano de Enrique Mugica, y que participó en la fundación de Comisiones Obreras, compartió prisión más de cinco años con Marcelino Camacho y Gerardo Iglesias entre muchos otros. Más tarde fundó Izquierda Unida en el País Vasco, pero pronto se desligó de esta coalición a la que criticó por sumarse al Pacto de Estella. Se acercó a los socialistas y, sin llegar a afiliarse, se presentó con este partido a unas elecciones al Senado y suscribió manifiestos de apoyo al PSE, en el que mandaba entonces otro de sus grandes amigos, Nicolás Redondo. Al tiempo acrecentó su amistad con Jaime Mayor Oreja. José Luis decía siempre que “en el fondo, yo no soy hombre de partido. Si defiendo la libertad, estoy con cualquiera que defienda la libertad”.

José Luis López de Lacalle era un hombre bueno, amante de la libertad, presuroso a acudir a quien pudiera necesitarle, un tipo ejemplar de presencia formidable y bonachona, que hablaba como un padre encantado de los éxitos de sus hijos Aitziber y Alain, y de Mari Paz, su mujer, con entusiasmo. José Luis era un hombre de talento, con sentido del humor, cuyas carcajadas sonoras atronaban. José Luis era un intelectual comprometido políticamente, pero su pasión era el periodismo, la agitación civil sin ataduras partidistas, solo al servicio de su conciencia de hombre libre insobornable. Por eso el franquismo le persiguió y le encarceló y por eso ETA no le dejó en paz en democracia. Por eso le mataron. Y el asesinato de José Luis nos presenta una verdad: el único conflicto que existe en el País Vasco es la propia existencia de unos asesinos con medios tan inaceptables como sus fines totalitarios de dominio de los ciudadanos y su libertad. En Euskadi y en España hay verdugos y víctimas, hay ciudadanos que quieren vivir en libertad y luchan por ello y asesinos que tratan de impedirlo cada día por todos los medios.