Sí. La política española está llena de discursos repletos de ucronías. O sea, de afirmaciones y discursos que parten de una reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder. Hay muchos ejemplos, pero el más palmario lo tenemos en Cataluña, en los alegatos, diatribas, homilías, disertaciones, mítines y sermones que desde hace años, y con mayor intensidad los últimos meses, nos lanzan cada poco los arúspices del independentismo.

Vaya por delante que no me dan miedo ni la independencia ni los independentistas. Respeto y defiendo el derecho de cada quien a defender cualquier posición política, por opuesta que sea a mis convicciones. Y hay independentistas con solera que saben que es verdad lo que digo. Lo que no me parece respetable es la ucronía. No me gusta la gente que vende mulas ciegas, mercancías averiadas, y discursos basados en premisas falsas y en futuros imaginados que nunca llegarán. Y menos aún en materia tan sensible y en momento tan delicado.

Cuando hay que recurrir a la historia e inventarse sucedidos que nunca ocurrieron, pero que ayudan a conformar un discurso que cala gracias a los miles de millones de dinero de todos empleados en la propaganda la ucronía se convierte en una canallada, en las acepciones primera y tercera de la palabra según la Real Academia de la Lengua Española (1. Genta baja, ruin y 3. Persona de malos procederes).

Se acercan unas elecciones convocadas por el ucrónico Artur Mas un domingo festivo en Barcelona. No es casualidad. Una vez articulado el discurso e inoculado durante años con la propaganda, convoca a las urnas buscando que vote cuanta menos gente mejor allí donde más votos pueden obtener quienes no están dispuestos a seguirle en su locura. Allí donde históricamente hay más catalanes que se sienten catalanes pero que no quieren poner en marcha un proceso de consecuencias sociales, políticas y económicas previsiblemente nefastas.

Lo que pase en Cataluña tendrá enorme influencia en las generales de diciembre, aún sin fecha, pendientes de que decida Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana cuando le interesa, que probablemente sea el 20, otra fecha fetén, sin duda. Por eso se ha lanzado a la portada de El País el domingo Felipe González con su alegato desmemoriado sobre Cataluña.

El artículo de González tenía algo de ucrónico, pero más de insoportablemente olvidadizo. Me hizo también revivir un artículo majestuoso sobre González en el que describía “la conmovedora sinceridad con la que miente”. Es evidente que desde la ilegalidad nada se puede hablar ni negociar. Pero escribir una portada de El País para citar a Rajoy sin mencionarle es feo. Como horrendo es ni mencionar hablando de Cataluña sus propias responsabilidades en la creación del monstruo, y su silencio cómplice cuando su PSOE pactaba con el independentismo y el nacionalismo sobrevenido en soberanismo, en permanente violación de la legalidad ante la pasividad de los gobiernos de su partido.

Y qué decir respecto a que González no mencionara la corrupción catalana, la de Pujol y la familia, cocida a fuego lento desde su época, ante la que siempre miró para otro lado, entre otras cosas porque su PSOE estaba hasta el cuello de corrupción y crímenes de Estado. Sin ucronías.