Manolo, hace tres días que te has ido y ya echamos demasiado de menos tu voz, tu mirada, tu sonrisa, nuestras discusiones, tu terquedad, tu sentido de la vida, tan distinto al mío, que tanto nos separó y que tanto y tan fuerte nos unió. La última conversación antes del final no la olvidaré jamás. Fue tan intensa, bella, dura, compleja y sincera que queda imborrable en mi memoria. Y la última noche que pasamos juntos, con toda su dureza, la agradecí después, una vez pasada. Has dado un ejemplo de dignidad soberano. Has dado una lección de amor a la vida dificilmente superable. Tendré fuerza como me pediste en la hora undécima. Con la mitad de la tuya iría sobrado. Te he querido mucho Manolo. Como tu a mí y a todos los hermanos. Besa a papá y mamá. Diles que les echo de menos. Y ayúdanos desde allí a ser buenos.

Y reproduzco lo que escribió de tí ayer Fernando Reinlein, gran amigo de papá y de todos nosotros, siempre atinado: “Ahora nos has dado tu último adios con la discreción que te caracterizaba.  Mucha gente no se ha enterado de tu marcha, personas a las que también pertenecías dada la inmensidad de tu humanidad y que no han podido despedirte. Las llamas, las fechas actuales y las circunstancias, han secuestrado tu cuerpo, querido amigo, pero ni las llamas, ni nada ni nadie, podrán secuestrar tu memoria del pensamiento de quienes te conocimos y te quisimos, que fuimos muchos más de los que algunas personas pudieron imaginar. Gracias por el privilegio de haberte conocido”.