Escribo estas líneas recién aterrizado de México. Ayer leyeron ustedes el relato de cómo casi nos cuesta la vida tratar de documentar el horror que viven tantos en este país. Transitaba con mis cuerdos de atar y con los nadie centroamericanos, por un Estado que es, como en el cuento de Cortázar, casa tomada. México se pudre. Es el trópico del delito. La sede de la desolación. Las fosas escupen huesos. Las flores son de fuego. El crimen organizado (narcos, sicarios, pistoleros, zetas, cárteles, tratantes de seres humanos y demás ralea) corre por las venas del Estado y se confunde con los tres poderes. Nadie está a salvo de desaparecer sin que jamás alguien pague por ello. Y los malos, que nunca sabes por dónde te van a salir, te parten la madre, te brincan, te chingan en cuanto huelen el miedo o la debilidad. Porque de eso se trata, de que se les tenga miedo.

Y a pesar de todo, es un territorio que surcan decenas de miles de migrantes hispanoamericanos. De huida y de búsqueda, estos seres humanos cruzan el país persiguiendo el sueño americano que suele terminar en tremebunda pesadilla. Me cruzo con hombres y mujeres de todas las edades. Y niños. Son conocedores del peligro. Y miles de ellos se suben al techo de los vagones de La Bestia, un tren de mercancías que cruza el país desde el sur hasta las ciudades fronterizas con los Estados Unidos de Norteamérica. Ahora, presionado por el Gobierno de Obama, Peña Nieto aprieta las tuercas y se suben menos, pero se suben. De entrada alguien les dice: “No te duermas, sobre todo no te duermas”, porque si te duermes, caes, y te jala el tren. O sea, que te siega las extremidades, o la cabeza. Por el camino cualquiera de los malos detiene el ferrocarril. Bajan a la peña, violan o se llevan a las mujeres, y secuestran a los hombres para pedir un rescate que no tienen sus familias.

Pero México pasa entre el stablishment por ser un país emergente y próspero. Y quizá lo sea. Para la reducida élite de mejicanos que controlan la cosa. Y para tanto extranjero rico, o nuevo rico, o ansioso por ser rico, que se acerca a la minoría que maneja el cotarro y jamás roza siquiera el borde de la realidad de la mayoría.

No es una broma. En el peregrinar interminable que cruza esta tierra ansioso por un cielo que no les llega nunca, en la muerte en vida de tantos desposeídos que no importan a casi nadie, los atacan, los extorsionan, los violan, los dejan mutilados, los desaparecen y los matan. Y nunca pasa nada. Hasta que pasa. Porque los lugares más peligrosos son aquellos en los que nunca pasa nada, ya que cuando sucede es una explosión de suceder. Y más aún cuando en realidad suceden tantas cosas horribles y nadie paga por ellas.

No es un cuento chino. No es un desahogo. Es una descripción. México ha terminado siendo un cementerio más que un país. Un cementerio lleno de muertos y de vivos que aún no saben que van a morir pronto. Y nosotros a lo nuestro. En nuestra pobre riqueza.