Cincuenta y cinco minutos en el infierno dan para mucho. Durante ese tiempo, mientras un tipo te amenaza muy en serio a ti, a tu equipo y a tu familia, en ese orden, te da tiempo a pensar cómo debes reaccionar, qué debes decirle a quien quiere trincarte, como tienes que alargar la conversación para ganar tiempo, lo esencial que es ser capaz de alcanzar tu teléfono móvil para comunicar a la vez con tus colegas que duermen en otras habitaciones del mismo hotel y desear que todo termine rápido, aunque sabes que no va a ser así.

Jamás había pensado que iba a encontrarme en esa situación. Uno no está preparado para ello.  Si alguien me hubiera preguntado en un juego, ¿qué harías de verte en ello?, habría respondido, no lo sé, creo que la pregunta no tiene respuesta hasta que lo vives. Pero habría intuido que corría enorme riesgo de quedarme bloqueado.

El pasado sábado, en el hotel La Casa Rosada de Tapachula, estado de Chiapas, México, me tocó vivirlo.  Me encontraba allí con mi equipazo de Cuerdos de Atar rodando un documental para una serie que hemos denominado “En tierra de los nadie”, en homenaje al poema de Galeano. Noemí Redondo, Itsaso Gallego, Federico Cardelús, Santiago Trancho, Carlos Medori y yo dormíamos, cada uno en su habitación. Teníamos que madrugar para salir hacia Arriaga a las 6 de la mañana. Ibamos a viajar con un migrante para subirnos con él al tren La Bestia en el que tantos salen camino del sueño americano que casi siempre termina para ellos en pesadilla.

Eran las 3,30 cuando sonó el teléfono fijo de mi habitación. Es un hotel modesto, pequeño, 14 habitaciones en una casa familiar. La cama era grande. Tuve que cruzarla para alcanzar a ponerme, pensando que me había quedado dormido y me llamaban mis amigos para avisarme. Descolgué y escuché una voz grave, de un mejicano que hablaba muy clarito. Sabía mi nombre y apellido. Me di cuenta de que no era una broma. Y recé para que fuera un secuestro exprés, cuestión de dinero.

Pero no lo era. Primero las amenazas. “Melchor Miralles, no te me pongas bravo. Soy el responsable del cártel de Chiapas, y aquí no mandan la Policía ni el Ejército, aquí mando yo. Estamos fuera guey, te vemos. No enciendas la luz. Colabórame o puede morir mucha gente, aquí y en Madrid. O me colaboras o te brinco, guey, nos chingamos a tu familia, puto, y te chingamos a ti, hijo de la gran chingada, te partimos la madre. Si no me colaboras y te pones bravo va a haber balasera y te brinco, te parto”.  Preguntas sobre el documental que estábamos haciendo.

Traté de llevarle al dinero. Yo insistía en que éramos seis. Entre todos podía juntar más de 3.000 dólares. Pero no. Quería mi dinero, el que tuviera, pero las instrucciones que me daba eran claras. Debía subirme a un taxi en la puerta del hotel. El taxi me llevaría a comprar en un “Oxo” un celular y con ese teléfono llamar a un número que me proporcionaba. Y a partir de ahí ya iría indicándome. Y no me debía preocupar, el taxi era de confianza.

Tras cinco o seis minutos de intentos frustrados, no se cómo pero alcancé a estirarme y llegar al otro lado de la cama. Coger mi móvil y marcar los números de los móviles de mis compañeros, hasta que al séptimo intento lo cogió Itsaso Gallego, productora. Solo la susurré “me están secuestrando”, y coloqué mi móvil de modo que escuchara lo que me iba diciendo quien quería trincarme y lo que yo le iba respondiendo. Itsaso despertó al resto del equipo. Mis amigos comenzaron un rosario de llamadas a nuestro productor en Tapachula, a España, a responsables policiales y del servicio de información de nuestro país. Ellos recibían instrucciones que me trasladaban, pero yo no escuchaba, no daba para tanto.

Conseguí prolongar la conversación, no puedo explicar cómo, durante 55 minutos. Durante ese tiempo, mientras hablaba con el tipo, me las apañaba para que a través de mi móvil mis colegas siguieran lo que sucedía, pensaba cómo actuar, tenía como una pantalla gigante delante de mí por la que pasaba toda mi vida. Momentos alegres y tristes. Personales y profesionales. Personas a las que amo. Secuencias de toda mi vida. Como en una película acelerada. Esa visión me permitía controlar que el miedo, el pavor que sentía, no me atenazara.

Cuando una hora después acepté la orden del secuestrador, “ya, ya está, se acabó, o sales en un minuto o entramos, guey, y te partimos la madre a ti, y a los demás, y va a haber muchos muertos”, me incorporé con las cosas claras. A la calle no iba a salir. Al coche no me iba a subir. Prefería que nos mataran a tiros. Salí y caminé despacio hacia la habitación de Itsaso. Allí estaban todos ya con nuestro productor local. Me metieron dentro. Al minuto llegaron los policías de la Fiscalía de los que se fiaba nuestro hombre.

Yo no lo supe hasta que todo terminó. En la puerta había una mujer merodeando. A la vuelta de la esquina de la cuadra del hotel había un taxi con el conductor al volante. Los vio nuestro productor, que al llegar y entrar en el hotel pudo observar que ella hacía una llamada para segundos después subirse al taxi y desaparecer.

Nosotros tardamos en salir varias horas. Llegaron al hotel decenas de policías, la mayoría de paisano. Discusiones, confusión. Las autoridades españolas nos asesoraron bien. No podíamos seguir con nuestro trabajo. Nos tenían controlados los cárteles, y la Policía. Era imposible culminar lo que habíamos comenzado. Así es Mexico. Un país convertido en un estercolero moral y político donde la vida no vale nada. Donde impera la ley de Tony Soprano, “mi padre estaba en ello, mi tío estaba en ello, mis amigos estaban en ello, tal vez fuera demasiado vago como para hacer otra cosa”. Donde los tres poderes están infiltrados por el crimen organizado. Donde la impunidad es absoluta. O sea, el infierno. Porque el infierno es el infierno lo llames como lo llames. Donde hay voces que suenan como disparos. Demasiadas.