Bergoglio, el Papa Francisco, me inspira confianza. Soy creyente. Llevo años muy distanciado de la jerarquía de la Iglesia, a quien percibo en otro mundo, mortal, humano, mundano, e inmensamente lejano de lo que mis padres y mis maestros me enseñaron que debe ser la Iglesia. Pero Bergoglio me está ganando. Con sus escritos y con sus papabras. Su gesto serio al estrechar la mano de uno de los supervivientes de la tragedia de Lampedusa no transmite alejamiento, o frialdad, sino respeto, profundo, solemnidad en el recuerdo de unos hechos que dejó entonces muy claro que le avergonzaban como ser humano.

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