Podría escribir aquí sobre el desencanto que percibo en España respecto al futuro inmediato, esa sensación de asistir a un paseo nocturno por un callejón sin salida, o de ser el último paseante del andén de una estación de tren a punto de derribo. Pero no. Llevo tres meses comprobando que en el mundo hay muchos mundos,, como me dice Carmen Ro,  y la mayoría de ellos nos son ajenos porque no les prestamos atención. Y la merecen.

Regreso de Filipinas y Camboya, cuerdo de atar, arrimándome a los nadie. Y me topo con un informe demoledor de Naciones Unidas, que no me sorprende: una de cada diez niñas o jóvenes del mundo ha sido víctima de abuso y violencia sexual y cerca de la mitad de las adolescentes justifica que el marido pueda golpear a su esposa. El estudio habla de violencia “omnipresente” contra los menores.

Los niños son seres recién llegados, dúctiles, moldeables, adaptables, que rebosan energía y que desde la inocencia son receptivos a los impulsos que les transmitimos los adultos. Los niños no tienen pasado, y probablemente la mayoría de ellos no dedican un segundo al futuro. Se centran en el presente para tratar de disfrutarlo. Y cada día hay adultos por miles que revientan el alma de niños y convierten su emoción e ilusión luminosa en una tristeza que inunda el tuétano de sus almas y dibuja futuros inhóspitos a quienes solo merecen felicidad.

Pero hay también quienes a cambio de nada dedican su tiempo, su esfuerzo, su dinero, su corazón y su alma a reparar los daños que padecen esos niños. En esta ruta por el dolor acabo de toparme con la gente de Por la Sonrisa de un Niño (PSE), una ONG francesa nacida en el inicio del Siglo XX, con representación notable en España, que hace un trabajo ímprobo, callado y formidable para construir un futuro para niños en Phnom Penh y otros muchos lugares del planeta.

Un equipo de mujeres y hombres que durante todo el año compatibilizan los quehaceres con los que se ganan la vida con la labor oscura pero brillante de posibilitar una vida mejor a niños que hasta su llegada carecían de esperanza. Otros que trabajan a tiempo completo por esta causa insuperablemente noble. Y decenas de jóvenes de toda condición que dedican su tiempo libre en vacaciones a colaborar en la tarea de construir un trozo de cielo a niños condenados a vivir en el infierno. Por la Sonrisa de un Niño es una organización entre muchas. Pero he estado con ellos, he visto lo que llevan construido y sobre todo he compartido con esos niños camboyanos el sentimiento de felicidad por ser tratados como seres humanos y de agradecimiento por tener la posibilidad de vivir la vida, y no morirla. Y quería contarlo. Porque lo merecen. Porque lo necesitan. Y porque creo que es de justicia. Porque la sonrisa de un niño vale más que todas las miserias nuestras de cada día. Y no es posible que la vida siga mientras haya tantos niños que tiemblan de hambre y que lloran su dolor en silencio.