Lo que tiene viajar a zonas deprimidas es riesgo. Uno lo asume, y piensa que al regresar a casa queda a salvo de cualquier contingencia. Hace poco, llegué de un viaje de trabajo. Ya en Madrid, despertó en mi pierna lo que evidenciaba una picadura fea. Y dolorosa. Aguanté un día, observando la evolución. Y enseguida al hospital, con el seguro que lo cubre todo. Una doctora impresionada me da un diagnóstico rápido: picadura de arácnido desconocido. Luego el tratamiento: Crema antibiótica y en dos días que te lo vean. “¿No debiera hacer un corte para limpiar?”, pregunto. Respuesta rápida, tajante. “Por ahora no”.

Al día siguiente la cosa empeora a simple vista. Acudo al Carlos III. Lo están desalojando. Me envían a La Paz, hospital público. Urgencias. Aquello está desbordado de gente. Cumplo la larga espera. Me atiende una doctora que me remite a una dermatóloga. Rostro de asombro. Esta absolutamente sobresaturada de trabajo. Tiene claro que lo mío está feo. Pero que siga con el mismo antibiótico. Quizá habría que abrir. Me envía a un cirujano traumatólogo. Es muy joven. Comenta que no dan abasto, que están en un sin vivir y me dice, amable e inexperto, que quizá habría que abrirme, pero que espere cuarenta y ocho horas.

Empeora mi pierna. Y mi preocupación. Lo comento con mi amigazo Pablo Farnós. Hablamos con la doctora Marisa Folch, que me pone en manos de dos ángeles, las doctoras María Segarra y Teresa Segarra, en su consulta privada de Castellón. Tienen experiencia clínica y ambulatoria. Han trabajado en España y en países lejanos ayudando a seres humanos sin acceso a una sanidad en condiciones. Han formado a colegas en otros continentes. Y, además, tienen buen corazón, y saben la importancia que en la medicina tiene el trato con el paciente. Me anestesian y me abren. Me limpian lo que debieran haber limpiado cinco días antes. Me extraen dos cuerpos extraños y tejido necrótico. Envían todo a analizar. Me cambian la medicación. Y cada día me hacen dos curas. Gracias a su profesionalidad, dedicación, conocimientos, talento y también a su manos escribo estas líneas camino de Filipinas y Camboya, de nuevo trabajando junto a ONG´s que se ocupan de Los Nadie. Si no fuera por Teresa y por María probablemente estaría postrado en una cama con un problema severo en mi pierna.

Digo todo esto no por contar mi vida, sino por evidenciar que los recortes en Sanidad tienen sus consecuencias. Algunos lo venimos diciendo hace tiempo. Quienes me atendieron en Madrid erraron más por desborde que por incapacidad, me temo. No llegan a todo. Están tensos. Y temerosos de asumir responsabilidades. Lo mío podía haber sido grave. No lo ha sido porque dos mujeres buenas, dos profesionales formidables a las que llegué por unos amigos, han dedicado muchas horas a resolver un problema médico que no habría sido tal de haberse actuado a tiempo. En asuntos de más gravedad historias como esta pueden costar una vida. Así de sencillo. Yo le doy las gracias de corazón a María y a Teresa. Otros no llegan nunca a ellas. Desgraciadamente. Vale ya de recortar en lo esencial, en lo que ellos llamaron línea roja.