Malos tiempos para el periodismo. Por la obsesión pertinaz del rajoyismo en la persecución de los no obedientes, y también por la docilidad de muchos periodistas y empresas editoras prestas a la genuflexión y a la entrega de cabezas para salvar las cuentas de resultados. Y al calor de la persecución, todavía hay en la bancada popular, y en otras, quienes siguen con la cantinela cansina de reclamar a los periodistas objetividad. Objetividad, dicen. “Es que no sois objetivos”, es la frase. O sea, según la R.A.E., cualidad de objetivo, perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir. Desinteresado, desapasionado. No se por qué lo llaman objetivo cuando quieren decir manso, sumiso, genuflexo o maleable.

El periodista debe trabajar siempre contra la versión oficial, que es el mejor atajo hasta la mentira. Cada vez hay menos noticias y abundan los comunicados. Los que mandan se escandalizan por el descubrimiento de las verdades descubiertas. Porque claro, las denuncias de sus excesos ponen en peligro su ecosistema.

El buen periodista, el buen cronista, de lo que sea, debe además denunciar lo que un poderoso quiere que nadie sepa, y ser literario, creativo, intuitivo, ingenioso, imaginativo, impresionista. Lo cual es perfectamente compatible con ser escrupulosamente fiel a la realidad de los sucedidos, a la descripción de los hechos y a la transcripción de los diálogos. Y, por supuesto, entretenido. Como dijo Woody Allen, todos los estilos son buenos menos el aburrido. Pero se impone en muchas redacciones, y reclama el régimen, que el periodista no levante una noticia incómoda, y que además emplee una prosa fría, distante, impersonal, una mirada como marciana, sin intermediarios, muy objetiva, como si por este camino seco y aburrido no cupieran la mentira y el embuste. Y no es que quepan, es que cada día nos inundan los ejemplos.

La prosa informativa, desplumada de la mirada de quien la pare, desposeída del ojo del periodista, es una mentira en sí misma, un simulacro de que las noticias nacen por generación espontánea, y un intento de hacer creer que existe la verdad, una verdad, una sola realidad. Que normalmente es su mentira. Pero siempre hay un intermediario, un ser humano que es testigo de cosas que suceden y, desde su propia subjetividad, decide cómo contarlo, jerarquiza los hechos, los ordena y los narra a su manera, con su clima, o su atmósfera. Y como escribió Martín Caparrós, la magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese por una cuestión que, en principio, no le interesaba lo más mínimo.

El régimen, los que mandan, quieren amanuenses, tipos que escriban al dictado. Desprecian el periodismo y compadecen a los periodistas. No saben quién era Mark Kramer y desconocen que una buena crónica tiene un pie en la notaría y el otro en la ficción. Por ello es esencial no doblegarse. Dejarse de puñetas y practicar el periodismo, el de siempre, tan ausente hoy en nuestras redacciones.