Escribo desde el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, en una aldea llamada El Salado. Es de esos lugares apartados que terminan siendo conocidos por una minoría cuando padecen una tragedia. Cuando a muchos seres humanos, como escribió Alberto Salcedo Ramos, les llega la hora de morir para que se sepa que existen, o han existido. Aquí, entre el 16 y el 19 de febrero del año 2000, el drama fue de aúpa. Los paramilitares, el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUP), que comandaba Rodrigo Tovar Tupo, “Jorge 40”, asesinaron a más de cien de personas. Arrancaron orejas con los mismos cuchillos carniceros con los que después cortaron cabezas que utilizaron para jugar al fútbol. Durante tres días, sin que nadie se enterara,  tras apostar a los habitantes del pueblo, indefensos, en la cancha de baloncesto y fútbol de la plaza, violaron a mujeres, niñas y niños. Maltrataron a ancianos y jóvenes. Sometieron a todos a escarnio y sevicia.  A unos los mataban a tiros, con armas ligeras, y a otros les aplastaban la cabeza a martillazos, o se las cortaban con motosierras. Y en el paroxismo del mal, tras fusilar a Nayibis Osorio le clavaron en la vagina una estaca de ensartar tabaco.

Hasta aquí he venido con un equipo de Cuerdos de Atar, mi productora, a recordar lo ocurrido, porque estas masacres dejan cicatrices que no curan en la memoria de los familiares de los muertos y de las víctimas que sobreviven. Y a contar que desde que se conoció la tragedia, algunos seres humanos buenos, entregados a la ayuda a los más desfavorecidos, se han dejado y se dejan la piel para ayudar a quienes decidieron quedarse en este lugar maravilloso donde a pesar de todo cada mañana sale el sol, aunque llueva a cántaros el recuerdo del horror. Han rescatado este pueblo de las fauces de la desolación, el horror y el desastre. En el inicio no se quedaron ni las ratas. El éxodo fue masivo. Algunos se negaron a regresar, pero están en el recuerdo de muchos otros que sí volvieron y siguen aquí peleando la vida, subiendo para abajo, bajando para arriba, porque esta es su tierra, y tienen derecho a vivir la vida donde lo hacían en paz hasta que el horror anegó sus almas.

Diferentes organizaciones, pero sobre todo la Fundación Semana y Ayuda en Acción, reconstruyen El Salado y se vuelcan en recomponer el alma de sus habitantes.  No es caridad barata para  aliviar conciencias. Es un trabajo ímprobo para recuperar la tierra, las raíces, y la dignidad arrebatada. Aquí no hay a la entrada del pueblo carteles de bienvenida, pero si han erigido una enorme cruz de cemento en el centro del redondel donde yacen los muertos, en homenaje y recuerdo, que, además, indica a quien llega de nuevas donde se encuentra. Porque es importante, en las tragedias, que se mantenga el recuerdo de que ocurrieron. Para que no vuelva a suceder, en principio. Ni en El Salado ni en cualquier lugar del orbe. Porque suceden. Claro que suceden. Y no son solo las recuas de asesinos quienes asolan la vida de tanta gente.